martes, 29 de enero de 2019

Describen los restos más completos hallados hasta el momento del ictiosaurio Platypterygius Sachicarum


Ictiosaurio más completo de Colombia fue hallado en Villa de Leyva

El fósil se encuentra en el laboratorio desde donde ya se puede observar, mientras le adecuan un lugar privilegiado en el Centro de Investigación.



En el 2014 en la vereda El Roble se localizó un fósil de aproximadamente 4 metros. Desde la fecha un grupo de investigadores empezaron los estudios respectivos para dar hoy la gran noticia en el mundo Paleontológico.

"Este es un Ictiosaurio, este es un reptil marino, ya que acá en Villa de Leyva hace 130 millones de años había un mar", señaló Mary Luz Parra, gerente del Centro de Investigaciones Paleontológicas de Villa de Leyva.

La composición del fósil a diferencia de los ya encontrados en el mundo lo destacan, convirtiéndose en uno de los más completos hasta la fecha.

"Este viene hacer el más completo que se ha encontrado de esta especie y tiene, pues parte de su cráneo que antes no se había estudiado y también tiene su aleta fusionada", agregó la gerente del Centro de Investigación Paleontológico de Villa de Leyva.

Los estudios, además, resaltan la patología presentada en las vértebras del reptil marino.
"Nunca antes en acá en Colombia se habían estudiado patologías y pues en este gracias a un congreso que se hizo latinoamericano de Paleontología acá en Villa de Leyva, se data de que este Ictiosaurio tiene fusionadas unas de sus vertebras", dijo Mary Luz Parra.



Solo tres días de exhibición lleva este fósil del periodo cretácico y ya se convierte en una de las principales atracciones en la región.

"Es el único en la especie porque ya teníamos antes una parte del cráneo del Platypterygius Sachicarum, ahora tenemos el ejemplar completo", resaltó la funcionaria.

El fósil se encuentra en el laboratorio desde donde ya se puede observar, mientras le adecúan un lugar privilegiado en el Centro de Investigación.


 Referencias:

Jair Niño. Ictiosaurio más completo de Colombia fue hallado en Villa de Leyva. Fuente: Blu Radio 18.04.2019 (https://www.bluradio.com/regionales/ictiosaurio-mas-completo-de-colombia-fue-hallado-en-villa-de-leyva-211958-ie430?fbclid=IwAR1tsU58kgNjLcEjD6v9BxJtITbzWb_cmRWtTl2W75WHL1weXGXWrUuzoyw) [Última consulta 12.07.2019].


Todas las imágenes y fotografías aquí publicadas son propiedad de sus respectivos autores.




Expedición de científicos colombianos al desierto de La Tatacoa, Enero de 2019


Desierto de La Tatacoa, bajo la lupa de científicos colombianos

Al desierto de La Tatacoa (Huila) han llegado científicos de la paleontología desde hace más de 100 años, atraídos por la cantidad de restos fósiles que sin mucho esfuerzo se encuentran en los 330 kilómetros cuadrados que componen la segunda zona más árida del país, que aunque le llaman desierto su ecosistema es un bosque seco tropical.

Dentro de los hallazgos en campo se destaca un cocodrilo fósil.

En el municipio de Villavieja, que tiene la jurisdicción sobre la zona en cuestión, más exactamente en la vereda La Victoria se escucha a los habitantes hablar de la vez que vinieron los japoneses y los fósiles que se llevaron. Parece una parte importante de la historia del lugar, y sí que lo es. Gracias a la viveza de estos científicos asiáticos, que recolectaron y compraron a tutiplén restos fósiles que nunca más regresarían al país, la comunidad se percató de que algo valían las piedras que reposaban en sus casas como adornos o cachivaches curiosos. Poco a poco entendieron que el valor no es económico, y tiene más que ver con la herencia que reciben de esta tierra que habitan.

El 7 de enero de este año, un grupo de científicos, en su mayoría colombianos, arribó al lugar para empezar a cambiar esa estadística actual que indica que los extranjeros saben más de las especies que habitaron esta zona —que hace entre 16 y 13 millones de años era un bosque húmedo tropical que albergaba las condiciones propicias para múltiples especies de flora y fauna— que los propios colombianos.

¿Por qué tardaron tanto en llegar? El geólogo Carlos Jaramillo, investigador del Smithsonian Institute of Tropical Research y quien lidera el equipo de casi 50 personas que conforman la expedición, dice sin tapujos que por mucho tiempo fue un lugar desconocido para ellos, del que casi no se tenía referencia en la academia nacional, pero ahora el país cuenta con una masa crítica de profesionales que están haciendo ciencia de categoría internacional en este campo, por lo que se dan las circunstancias idóneas para investigar a profundidad el lugar.

“Este sitio es increíble en términos de su riqueza paleontológica y que las rocas están expuestas: podemos seguir una misma capa por kilómetros. Es un sitio único en Colombia. No hay nada ni siquiera cercano, de esa magnitud, en todo el trópico, ni en Asia, África o Sur América. Es una oportunidad única para entender cómo funciona el trópico, sus bosques y cómo han cambiado como respuesta a grandes cambios en el clima”, explica Jaramillo, profesor honorario de Uninorte.

Dentro de la delegación de científicos cuatro de estos son de Uninorte: Jaime Escobar, ingeniero ambiental doctor en Ecología Paleoclima, quien se encarga de estudiar muestras de paleosuelo y análisis isotópicos de los fósiles con miras a entender el clima del periodo en que habitaron las especies encontradas y su dieta; Camilo Montes, geólogo estructural que en la expedición se encargó de dirigir la cartografía, el mapa geológico, que le sirve a los demás investigadores para guiar la búsqueda de fósiles e identificar periodos de tiempo; Aldo Rincón, paleontólogo experto en mamíferos fósiles, uno de los mejores colectores en campo, que en esta ocasión se enfocó en buscar patas de ungulados (mamíferos con pezuñas) que podrían estar relacionados con los caballos actuales, pues durante mucho tiempo se ha pensado que los mamíferos ungulados que habitaron en Sur América en el pasado no tienen relación con los caballos que más tarde trajeron los europeos al continente; y Jorge Moreno, estudiante del doctorado de Ciencias del Mar, especialista en cocodrilos fósiles, quien se encargó de recolectar una especie de cocodrilo parecido al gavial actual de India.



A ellos se sumaron cuatro estudiantes del programa de Geología, quienes trabajaron mano a mano con expertos de gran trayectoria en este campo profesional. Estefanía Gómez, de quinto semestre, recuerda que al principio sentía temor por estar al lado de profesionales tan reconocidos, pero luego aprovechó todas las oportunidades para aprender al máximo. Encontró fósiles de dientes de peces y vertebras de serpientes, vivió de cerca las caminatas interminables que se requieren para hacer una cartografía, o experimentó la labor minuciosa que exige extraer un fósil sin dañarlo y conservar su contexto. Cosas que le ayudaron a confirmar el amor por la carrera que eligió estudiar hace dos años.

Todos saben que este apenas es el principio de años de investigación en laboratorio, de horas incesantes de búsqueda en la literatura científica para clasificar correctamente las piezas encontradas en las dos semanas que estuvieron en campo, a temperaturas que alcanzaban los casi 40º —pero que se sienten por lo menos a 60—.

En ese tiempo encontraron pistas para las preguntas generales que guiaron el trabajo, como identificar el momento en que se formó la cordillera oriental y lo que esto influyó en el cambio de las condiciones del ecosistema al cerrar la conexión que existía con el Amazonas; entender cómo y cuándo se formó el río Magdalena, que nace cerca de la zona; o cómo afectó el calentamiento global que se presentó hace entre 16 y 13 millones de años, que presentaba condiciones ambientales similares a las que se proyectan para dentro de unos 100 años.

Todas las investigaciones que se desarrollen se harán con la participación activa de los Vigías del Patrimonio de La Victoria, un grupo de jóvenes de la vereda que casi a diario recolecta fósiles y que, en parte, fueron los culpables de que esta expedición se llevara a cabo.

“Han sido compañeros de lo que estamos haciendo. Y es la primera vez que los fósiles que se colectan no se sacan de la región; se van a quedar aquí en la colección del museo de Historia Natural de la Tatacoa. Espero que haya investigación aquí por lo menos por los próximos 200 años, porque el material así lo amerita”, dice Jaramillo, y destaca lo que ocurre con los vigías como un ejemplo único de cómo la comunidad se puede apropiar de su herencia natural.


Referencias:

Jesús Anturi. Desierto de La Tatacoa, bajo la lupa de científicos colombianos. Grupo Prensa - UniNorte 29.01.2019 (https://www.uninorte.edu.co/web/grupo-prensa/noticia?articleId=14113862&groupId=73923&fbclid=IwAR1GUTNXHq0ZBBGtlGbg4ZrhZhXqNUN2HKzNwyghJmDzJurcCI165OgHkSI) [Última consulta 29.01.2019].



El sitio más rico en fósiles del trópico

En este proyecto participa el grupo de investigación en Geociencias - GEO4, y el Instituto de Desarrollo Sostenible.

La primera gran expedición de geólogos y paleontólogos colombianos comenzó el periplo investigativo en un lugar que por más de 100 años ha sido referente mundial para la búsqueda de especies que habitaron el planeta hace entre 16 y 10 millones de años.

Al desierto de La Tatacoa, en Huila, han llegado geólogos y paleontólogos , desde hace más de 100 años, atraídos principalmente por la cantidad de restos fósiles que sin mucho esfuerzo se encuentran en los 330 kilómetros cuadrados que componen la segunda zona más árida de Colombia, que, aunque le llaman desierto, su ecosistema es realmente un bosque seco tropical. Decimos que “sin mucho esfuerzo” porque eso repiten los científicos constantemente, pero es solo llegar al lugar y darse cuenta de que el asunto, a ojos no entrenados, se parece más a encontrar un cabello en un campo de fútbol.

En el municipio de Villavieja, más exactamente en la vereda La Victoria, se escucha a los habitantes hablar de la vez que vinieron los norteamericanos y los japoneses y de los fósiles que se llevaron y que ahora hacen parte de colecciones en museos fuera del país. Gracias a las expediciones de estos científicos extranjeros, que recolectaron a tutiplén restos fósiles que los habitantes del lugar solían conservar en sus propiedades, la comunidad se percató de que algo valían las rocas y huesos fosilizados que reposaban en sus casas como adornos o cachivaches curiosos. Poco a poco entendieron que el valor no es económico, sino con la herencia que reciben de la tierra que llaman hogar.

Científicos colombianos apenas empezaron a explorar la zona a profundidad. Y este año, en el mes de enero, se conformó la primera gran expedición nacional que apunta a cambiar la estadística que indica que los extranjeros saben más de las especies que habitaron esta zona —hace entre 16 y 10 millones de años era un bosque húmedo tropical que albergaba las condiciones propicias para múltiples especies de flora y fauna— que los propios colombianos.

El geólogo Carlos Jaramillo, investigador del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) y profesor honorario de Uninorte, y quien lideró el equipo de casi 50 personas que conformaron esta primera gran exploración, lo llama el bautizo de las expediciones en el sitio más rico de fósiles del trópico.

“Este sitio es increíble en términos de su riqueza paleontológica y porque las rocas están expuestas: podemos seguir una misma capa por kilómetros. Es un sitio único en Colombia. No hay nada ni siquiera cercano, de esa magnitud, en todo el trópico, ni en Asia, África o Sur América. Es una oportunidad única para entender cómo funciona el trópico, sus bosques y cómo han cambiado como respuesta a grandes cambios en el clima”, explica Jaramillo, profesor honorario de Uninorte.

Pero la región es un referente científico a nivel global y ya era hora de que llegaran colombianos a escribir su nombre al lado del conocimiento que las huellas del lugar aporten para entender cómo era la vida en el planeta durante el mioceno (período de tiempo geológico que va entre 23 y 5 millones de años atrás). De acuerdo con Jaramillo, es tal la importancia de La Venta que la escala de edades de mamíferos suramericanos que se usa a nivel mundial tiene una época bautizada con su nombre: Laventense.

Así que cuando Andrés Vanegas, un joven nacido en La Victoria aficionado a recolectar fósiles y que a pulso ha levantado el Museo Vigías del Patrimonio La Victoria, le escribió un correo para invitarlo a que conociera la colección de casi 1600 especímenes fósiles, Jaramillo vio que era una oportunidad ideal para reactivar la investigación en la zona. Sobre todo ahora que el país ha entrado en una época de menos violencia en el campo y cuenta con una masa crítica de profesionales en el área que están haciendo ciencia de categoría internacional. Y, como si fuera poco, vio que todo esto podía hacerse en cooperación con la comunidad.
El equipo de investigadores que hicieron parte de esta primera gran expedición estuvo conformado por cuatro grupos de paleontólogos, responsables de la búsqueda de fósiles, y uno de geólogos, cuya tarea fue hacer el mapa geológico de la zona. La salida fue apoyada por el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, la Universidad del Norte, la Universidad Eafit y la Universidad del Rosario, y contó con la participación activa del grupo de jóvenes que conforman el colectivo Vigías del Patrimonio Paleontológico La Tatacoa.

Dentro de la delegación, cuatro científicos son de Uninorte. Uno de ellos, Jaime Escobar, ingeniero ambiental doctor en Ecología Paleoclima y profesor de Ingeniería Civil, quien estudia muestras de paleosuelo y análisis isotópicos de los fósiles con miras a entender el clima del periodo en que habitaron las especies encontradas y su dieta, señala que las preguntas científicas que motivan la investigación tienen que ver con entender los cambios geológicos que ha sufrido el lugar en el tiempo. Los geólogos mantienen la hipótesis de que el lugar cambió tan drásticamente (se presume que lo que ahora parece un desierto antes era un ambiente más selvático parecido al Amazonas o a una sabana con bosques galería) cuando se levantó la cordillera oriental, que cambió el rumbo de los afluentes y se separaron los dos ambientes.

“Este periodo de tiempo que vamos a analizar cae en el registro climático y geológico de la Tierra en un periodo que es muy similar a lo que se espera que vamos a tener más o menos dentro de 100 años con el calentamiento global que estamos viviendo. Entender y conocer cómo era la reacción de los ecosistemas a este clima en particular nos va a ayudar a conocer o estar preparados para lo que creemos que podemos tener en menos de 100 años”, agrega Escobar. Estas conclusiones las podrá extraer a través de estudios geoquímicos, particularmente de isótopos estables, los cuales toma de las muestras que levantan los geólogos y paleontólogos, y de algunos nódulos de carbonato de calcio de paleosuelos.

Aldo Rincón revisa uno de los fósiles de ungulados


Un lugar lleno de cocodrilos

En Colombia aún existen seis especies de crocodilianos (cocodrilos, caimanes, babillas y sus parientes): dos de estas se encuentran en las regiones Caribe, Andina y Pacífica; otras cuatro en la Amazonía y la Orinoquía. En el mundo hay 23 especies de este tipo de animales. El paleontólogo Jorge Moreno Bernal, estudiante del doctorado en Ciencias del Mar de Uninorte y especialista en cocodrilos fósiles, destaca que en el desierto de La Tatacoa se han encontrado fósiles de hasta ocho especies diferentes del grupo de los crocodilianos. “Eso quiere decir que en esta región coexistían al mismo tiempo ocho especies de cocodrilos. Eso es algo que no entendemos muy bien, porque no entendemos cómo hacían, por decirlo así, para caber juntos ecológicamente en la misma área, ¿cómo hacían para coexistir sin competir por el alimento y por el espacio?, ¿qué ocurría en esa época para que hubiera tantas especies al mismo tiempo”.

La zona es uno de los lugares más importantes para fósiles de este grupo en en Sur América. En los años 40, cuando vinieron científicos estadounidenses de la Universidad de California se llevaron crocodilianos fósiles que ahora están en el Museo de Paleontología de esa institución. Y en 1965, el paleontólogo Wann Langston, Jr. publicó el artículo Fossil crocodilians from Colombia and the Cenozoic History of the Crocodylia in South America, en donde más del 90 % de las especies descritas provienen del área.

“La Tatacoa es un área de referencia para la historia de los crocodilianos en Suramérica. Todo el que quiera conocer esta historia tiene que pasar por acá o leer sobre lo que se ha encontrado acá. Los hallazgos de crocodilianos son de los más abundantes que existen”, dice Moreno. Los vigías del patrimonio, esos jóvenes locales que desde 2016 vienen trabajando para formalizar los hallazgos que han realizado durante años los habitantes de la región, se han encontrado con cosas nuevas para investigadores como Moreno o que han ayudado a completar información.

Durante la expedición, Moreno encontró varias partes del esqueleto de un crocodiliano del grupo de los Gavialoídeos, caracterizados por tener hocicos muy largos y estrechos. El único gavialoídeo que vive en la actualidad, el Gavial de la India, es una especie que solo se encuentra en la India y en Nepal. De acuerdo con Moreno, lo más parecido a esta especie asiática, en términos de morfología y parentesco, se han encontrado en Sur América. “Este cocodrilo que estamos excavando aquí es una de las formas que más se parece a la especie asiática. Eso es algo que estamos tratando de entender, si en realidad las características que comparten son el producto de una adaptación similar a un medio de vida similar y no tiene nada que ver con su parentesco, o si en realidad estas formas están emparentadas”.

Como parte de su investigación que prepara como tesis doctoral, Moreno también comparará estos hallazgos con los restos encontrados, en la Alta Guajira, de otra especie de crocodiliano gavialoideo, que hace parte de la colección del Museo Mapuka de Uninorte. Ambos son especímenes bastante completos para su estudio, lo que ayuda a determinar relaciones de parentesco dentro del árbol genealógico del grupo.

Por el momento sabe que el gavial de la Alta Guajira es más antiguo y que vivió en ambientes marinos (fueron encontrados rodeados de conchas, ostras, y caracoles, en depósitos que se formaron bajo el mar). Se sospecha que el origen de estos animales está en África, de donde habrían migrado atravesando el océano Atlántico hasta el caribe. Las hipótesis sobre su extinción están asociadas a cambios profundos en la hidrología del norte de Suramérica, y a los cambios climáticos ocurridos durante los últimos siete millones de años.

Durante la expedición, los paleontólogos encontraron fósiles de un gavialoideo


Los caballos en Suramérica

Cierto es que los caballos actuales que viven en Suramérica llegaron con los europeos. Pero los caballos son especies que están al final de una larga lista evolutiva, y en su filogenia están los mamíferos ungulados (que tienen pezuñas). De este tipo de animales sí se han encontrado restos fósiles en el continente, pero por más de 100 años los científicos no han podido concluir si estos ungulados tienen relación con los caballos actuales. Debe ser porque los restos más importantes que se han encontrado son fragmentos de mandíbulas.
Aldo Rincón, doctor en Paleontología, especializado en mamíferos fósiles del Caribe y profesor de Geología de Uninorte, piensa que sí pueden estar relacionados, pero tiene claro que si quiere acabar con la incertidumbre científica debe encontrar partes del cuerpo que aclaren el asunto. En esta expedición su interés se centró en buscar patas o manos de los ungulados para descubrir convergencias con los caballos. “El hallazgo más importante es la morfología de las paticas. Esto nos va a permitir explorar cuáles son los posibles orígenes de este grupo”, dice, mientras agarra uno de los fósiles de extremidades que ha encontrado en la expedición durante sus recorridos diarios por La Tatacoa.

La especie que define este grupo de mamíferos ungulados es más joven que el periodo a estudiar en La Tatacoa; de hecho, en Colombia no se conocen restos de proteroteridos. Así que la fecha del fósil será decisiva para definir convergencias con los caballos, es decir, aunque no estén relacionados genéticamente desarrollaron morfologías parecidas. Rincón ahora tiene una pequeña ventaja: unas paticas de las que espera extraer respuestas más definitivas.

La guía en el camino

En 330 kilómetros cuadrados no se puede andar a ciegas. Los paleontólogos trazan sus rutas basados en toda la información que pueden recoger del sitio, tanto en la literatura, como en lo que cuentan los habitantes. También necesitan un mapa geológico que les permita identificar sitios de interés basados en el tipo de roca que hay. Camilo Montes, geólogo estructural de la expedición y profesor de Uninorte, lideró el trabajo de cartografía, que se hizo con la máxima precisión posible y de la forma en que se hacía a la antigua: caminando la zona.

Montes estima que en las dos semanas que estuvieron en La Tatacoa, él y su equipo, conformado principalmente por estudiantes de geología de las universidades participantes, lograron cubrir un área de 100 kilómetros cuadrados, que se logró caminando entre 17 y 20 kilómetros diarios, subiendo y bajando cerros. Para la tarea llevaban solamente un mapa de papel, lápiz y una brújula análoga, con lo cual marcan los diferentes tipos de rocas por los colores. Una técnica que ya ha caído en desuso, luego de que las imágenes satelitales o los GPS hicieran más cómodo el trabajo. A pesar de la tecnología, Montes asegura que la cartografía les da mucha más calidad.

“Un mapa geológico se hace para saber cómo es la estructura de la corteza en un sitio determinado. En este caso, les dice a los otros investigadores cuál es la localización geológica de los hallazgos paleontológicos. Por ejemplo, si encuentran un fósil de cocodrilo en un punto determinado, nosotros podemos decir en qué parte de la secuencia está ese hallazgo, si está cerca de la base, si está en la mitad, si está en el techo de toda la secuencia”, agrega Montes.

Con pocos días en el lugar, los científicos tienen seguridad de que en La Tatacoa hay material para hacer investigación durante, por los menos, otros 200 años. Este es un sitio único que seguramente ayudará a conocer mejor la historia de la biodiversidad colombiana, en particular aquella que habitó el territorio nacional hace unos 10 millones de años.

Desde hace 100 años, científicos de muchas partes del mundo han explorado esta área. Ahora por primera vez, lo hace un grupo de colombianos


Custodios del patrimonio

El Museo de Historia Natural La Tatacoa es una realidad en progreso. Tiene ya su propia sede que lo conforman, por ahora, un cuarto donde almacena la colección de fósiles y un salón destinado para laboratorio y exhibición, y en este momento se adelanta la construcción de un segundo espacio que albergará una exhibición para el público. De las características del museo tal vez los vigías no hagan mucho alarde aún, pero con orgullo repiten que su colección tiene más de 1600 especímenes, y han identificado alrededor de 10 especies nuevas para La Tatacoa.

“Dentro de esos hay una tortuga de un género que todavía sobrevive, la mesoclemmys, que actualmente la llaman tortuga carranchina. Esa tortuga será la primera especie que lleve nuestro apellido como homenaje al trabajo que hemos desarrollado”, sostiene Andrés y recuerda que además tienen armadillos, perezosos, osos hormigueros, restos de delfines de río y una gran cantidad de fósiles muy completos.

En La Venta, Andrés ha formado un grupo de jóvenes que son los Vigías del Patrimonio, quienes aprendieron a colectar, sistematizar y preservar los especímenes fósiles, ofrecen charlas y visitas a turistas, colegios y universidades. Así se ha logrado vincular a la comunidad con el trabajo científico y se ha promovido la consciencia de conservar el patrimonio natural que rodea a los habitantes, hasta el punto que ahora cada vez que alguien va a realizar un trabajo en sus tierras y detecta un resto fósil, recurre al grupo de vigías para que estos se encarguen de retirarlo con los cuidados necesarios.


Referencias:

Jesús Anturi. El sitio más rico en fósiles del trópico. Revista Intellecta 04 - UniNorte 01.2019 (https://www.uninorte.edu.co/web/intellecta/el-sitio-mas-rico-en-fosiles-del-tropico) [Última consulta 14.09.2019].



Científicos a la reconquista del desierto de la Tatacoa

Más de 50 investigadores de diferentes instituciones y países, en compañía de jóvenes y líderes locales, llevaron a cabo una expedición para recolectar fósiles y analizar la geología de uno de los lugares paleontológicos más emblemáticos de Colombia y del continente: el desierto de la Tatacoa. Fotos: Felipe Villegas / Instituto Humboldt. Textos: Luz Helena Oviedo (Instituto Smithsonian) y Felipe Villegas.


A pesar de la gran producción científica que existe sobre los fósiles de La Tatacoa, la comunidad local y el país han tenido poco contacto con este conocimiento. A partir de ahora, varias universidades del país, museos e institutos de investigación como el Smithsonian y el Instituto Humboldt se unen para contar estas historias y así contribuir al objetivo de los Vigías del Patrimonio Paleontológico La Tatacoa de valorar el patrimonio paleontológico.

Por primera vez se revela ante ojos humanos el diente fósil de un gavial extinto. Esta especie de cocodrilo vivió hace unos 11.8 a 13.5 millones de años en los humedales que existían donde hoy se ubica el Desierto de La Tatacoa. 

El desierto de La Tatacoa, en el Huila, es un lugar que ha sido explorado durante los últimos 100 años por paleontólogos de diferentes partes del mundo. Por primera vez, un grupo conformado por investigadores, estudiantes y voluntarios, en su mayoría colombianos, explora localidades en el norte del desierto, muy cerca al centro poblado La Victoria. Entre sus rocas, La Tatacoa ofrece mucho más que paisajes y noches estrelladas.

A veces son necesarias varias manos para excavar fósiles. Mientras los martillos remueven una capa de tierra, las brochas limpian suavemente el sedimento justo encima de los restos. Así mismo, reconstruir la historia de nuestros ecosistemas requiere de diversas disciplinas e instituciones: Jorge Moreno realiza su tesis doctoral sobre cocodrilos fósiles en la Universidad del Norte, mientras David Cardona estudia Biología en la Universidad del Rosario. Javier Luque, de la Universidad de Yale, es experto en cangrejos fósiles, y Jaime Escobar, profesor de la Universidad del Norte, busca entender la historia ambiental y climática de las cuencas tropicales. Por su parte, Carlos Ortiz es estudiante de Geología en esta última Universidad. 

Un fósil es el resto o rastro de un organismo que vivió en el pasado, pensar en su historia requiere entender el conjunto de eventos sucesivos acumulados por millones de años. En La Tatacoa encontramos mandíbulas como la que se ve en la foto, caparazones, costillas, hojas e incluso excrementos fosilizados. En ocasiones solo una parte muy pequeña del fósil se encuentra expuesta por lo que es necesario remover el sedimento que lo cubre, un proceso delicado que requiere práctica y paciencia.

El sol inclemente de La Tatacoa cae sobre Mónica Carvalho del Instituto Smithsonian, Laura Mora de la Universidad Eafit y Catalina Suárez del Museo de La Plata mientras utilizan vendas de yeso para proteger y extraer el fósil de un caimán gigante conocido como Purusauro. El calor del mediodía secará rápidamente las vendas y permitirá darle vuelta a la muestra para cubrir el otro lado. Más adelante, el yeso y el sedimento serán removidos en el laboratorio y así estudiar el fósil detenidamente.

Para estudiar un fósil se necesita observar cuidadosamente todas sus estructuras y detalles. En el laboratorio inicia el proceso de preparación en donde se limpia el sedimento que traen los fósiles y así, asegurar su preservación a través del tiempo. Fredy Parra, del Centro de Investigaciones Paleontológicas de Villa de Leyva, visita el Museo de Historia Natural La Tatacoa en La Victoria para ayudar con este proceso y enseñar estas técnicas a los voluntarios locales.

La temperatura promedio del desierto es 30. En estas condiciones es mejor iniciar la jornada lo más temprano posible para evitar la intensidad del sol. Así, desde las 5:30 a.m., con brújula en mano y libretas de campo abiertas, un equipo de geólogos reciben el día mientras analizan el territorio desde lo alto con la intención de construir y completar un mapa detallado de la geología de La Tatacoa.

Por el laboratorio de Carlos Jaramillo, investigador del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, han pasado 210 estudiantes desde el 2002. Esa masa crítica actual de paleontólogos y geólogos colombianos es la que hoy fortalece el estudio y conocimiento de la historia del país a partir de sus rocas y fósiles.

Capitolino González, poblador de La Victoria, fue el primero en encontrar parte del cráneo de este gavial que luego entregó a Andrés Vanegas, ya conocido en el lugar por proteger los fósiles de la región. Más adelante, los Vigías del Patrimonio Paleontológico La Tatacoa, el grupo de voluntarios locales liderado por Andrés, encontró la mandíbula inferior del cocodrilo. Hoy, el fósil está disponible para su estudio en el museo local.

Jorge Moreno, candidato doctoral de la Universidad del Norte, y David Cardona, estudiante de Biología de la Universidad del Rosario, le madrugaron al calor para ir en busca de más huesos del gavial. Con el paso de la mañana desenterraron dientes, costillas y vértebras que serán útiles para describir cómo era este gigante que podía alcanzar los 6 metros de longitud.

Rodolfo Sánchez, del Museo de Urumaco en Venezuela, colecta fósiles desde muy pequeño. Mientras está en campo, se aleja silenciosamente del grupo y camina con los ojos fijos en el suelo. Después de un rato regresa a compartir su hallazgo, casi siempre, un fósil valioso y novedoso. Hugo Cortés, voluntario y habitante del desierto, ayuda en la búsqueda mientras observa y aprende en la distancia.

En el Museo de Historia Natural La Tatacoa, en La Victoria, reposan estos dientes de cocodrilo, así como los demás fósiles colectados por investigadores de diferentes universidades del país, que trabajan en asocio con los Vigías del Patrimonio Paleontológico La Tatacoa. Los fósiles colectados en el desierto, se quedan en el desierto.

En las zonas tropicales la mayoría del territorio está cubierto por vegetación. Lugares desérticos como La Tatacoa son ideales para aprender sobre geología, paleontología y evolución. Daniel Raad y Carlos Ortiz, estudiantes de la Universidad del Norte en Barranquilla, llegaron hasta aquí para conocer este laboratorio al aire libre e interactuar con mentes experimentadas como las del geólogo Camilo Montes (centro).

 Para Carlos Jaramillo esta expedición es una muestra de la unión de la Colombia rural y urbana, dos caras del mismo país con historias y realidades diferentes. Seguramente este encuentro despertará la inspiración de los jóvenes y desencadenará colaboraciones para que la investigación sea una de las bases del crecimiento que necesita Colombia.


Referencias:

Científicos a la reconquista del desierto de la Tatacoa. Fuente: Periódico el Espectador  25.01.2019 (https://www.elespectador.com/noticias/ciencia/cientificos-la-reconquista-del-desierto-de-la-tatacoa-galeria-836078?fbclid=IwAR1z4OFCCQGJ_pxNfd2cBjZ-Ml-jfVJO7opemL6K_cU6EqV0qa0RE8CPr3U) [Última consulta 27.01.2019].


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lunes, 28 de enero de 2019

Estudian el primer fósil de una tortuga marina cargada de huevos


Según los científicos que lo encontraron, es un hallazgo importante para entender la evolución.

Los pacientes de radiología que cancelan sus citas en el tomógrafo computarizado del Hospital Universitario San Ignacio en Bogotá no alcanzan a imaginar que a veces el espacio que dejan vacío es aprovechado por otros seres provenientes del pasado profundo, ancianos de huesos muy frágiles necesitados de una detallada revisión interna. En efecto, gracias a la bondad del doctor Felipe Uriza, y su cooperación con el Centro de Investigaciones Paleontológicas de Villa de Leyva (CIP), por aquí han desfilado algunos de los fósiles más interesantes que ha producido la paleontología colombiana.

Uno de los más llamativos son los restos de 125 millones de años de edad de la que resultó ser la primera tortuga marina cargada de huevos encontrada en el mundo, y la más antigua, un hallazgo particularmente importante para entender la evolución, reproducción y ecosistema de estos primitivos reptiles, y los cambios de arquitectura que sufrieron sus cuerpos hasta que aparecieron las tortugas marinas vivientes. Este es el tipo de información que ayuda a los paleontólogos y biólogos a dibujar un mapa de causas y consecuencias medioambientales en la hoja de vida de una criatura, y crear formas de ayudar a su conservación, ya que las tortugas marinas están bajo la sombra de la extinción.

Juan de Dios Parra, del Centro de Investigaciones Paleontológicas, con el fósil de la tortuga marina hallado por él. Foto: Cortesía Universidad del Rosario y CIP


El fósil había sido descubierto hace una década por Juan de Dios Parra en las desecadas laderas montañosas entre Villa de Leyva y Sutamarchán, y meticulosamente preparado por su hermana Mary Luz, ambos curadores del CIP. No se halló el animal completo, sino su cavidad ventral, anidada entre un trozo roto de caparazón y el plastrón (la parte plana de la concha), albergando 51 huevos del tamaño de una pelota de golf.
La tortuga, que pertenece a la especie ‘Desmatochelys padillai’, vivió años guardada en los anaqueles del CIP. Y solo hace un par de meses fue descrita en la revista indexada británica ‘Palaeontology’, en un artículo encabezado por el profesor de la Universidad del Rosario doctor Edwin Alberto Cadena, codirector del nuevo programa Ciencias del Sistema Tierra y colaborador del CIP desde hace ocho años.

La tortuga embarazada –parienta lejana de las enormes tortugas laúd que se ven hoy en día, y que alcanzan los dos metros en el caparazón– estaba a punto de poner sus huevos en una playa de ese gran mar no muy hondo que en el Cretácico temprano se abría al océano Atlántico –un Atlántico bebé–, apenas recién formado, cuando ni siquiera se había alzado el macizo de los Andes y el agua bañaba el interior del continente. Pero no pudo hacerlo, y de alguna manera quedó atrapada entre un lodo rojizo rico en hierro y carbonato de calcio, albergando intactos casi todos los huevos en el interior de su vientre, como reveló el TAC del San Ignacio.

"La tortuga embarazada (...) de alguna manera quedó atrapada entre un lodo rojizo rico en hierro y carbonato de calcio, albergando intactos casi todos los huevos en el interior de su vientre"

 “Este fósil es importante porque los huevos están muy bien preservados, y por eso pudimos ver que su cáscara era rígida, como en las tortugas de tierra, y no flexible y suave como en las tortugas marinas modernas”, explica el paleontólogo Cadena, quien ha hecho importantes contribuciones en este campo de la evolución de los grandes reptiles, incluyendo la famosa Titanoboa del Cerrejón, la serpiente más grande registrada hasta ahora. “Alguien podría pensar que los huevos se volvieron rígidos durante el proceso de fosilización, cuando el animal básicamente se convirtió en roca, pero pudimos demostrar que lo que se preservó fue la rigidez original de la cáscara”. De hecho, algunos de los huevos aún conservan cristalizados trozos de clara y yema.

Determinar las características del cascarón a ese nivel de detalle fue posible gracias al uso de varias técnicas, aparte del TAC. “Tomamos un pedacito muy pequeño de uno de estos huevos y usamos microscopía electrónica de barrido acoplada a un detector de análisis elemental y así mapeamos el carbono, nitrógeno, oxígeno, calcio y el fósforo de la cáscara”, dice Cadena. “Esa misma prueba la hicimos también en la roca madre, donde el espécimen se preservó, y pudimos comparar las diferencias. Entonces pudimos ver el nivel de posible contaminación que puede haber a través del proceso de fosilización, lo que hace importante el uso de esta técnica para demostrar contaminación en los fósiles”.

En otro análisis, los huevos se observaron usando la técnica de cátodoluminiscencia, con la cual se buscaba evaluar cómo era la estructura de los minerales calcita y aragonita presentes en la cáscara de los huevos, y si había cambiado con el paso del tiempo. “Lo que concluimos es que la alteración es mínima, o sea que podíamos establecer que la rigidez de la cáscara era original y que esos mismos minerales se encuentran en los huevos de ahora, solo que su estructura cristalina es distinta. Es como los diamantes y el grafito: tienen los mismos ingredientes, pero uno es duro y el otro, blando”.

Una vez establecido el hecho de los huevos con la cáscara rígida, la pregunta que surge es para qué necesitaría una antigua tortuga marina semejante protección. “Sugerimos que este desarrollo es el resultado de una adaptación dictada por los atributos físicos del lugar de anidación”, escriben los autores del estudio. Es decir, la respuesta de la tortuga a tener que vivir en esas crueles aguas costeras de hace 125 millones de años, abundantes en depredadores playeros y reptiles marinos intimidantes que rivalizaban en ferocidad y complejidad con los dinosaurios terrestres.

Hoy en día, los depredadores naturales de los huevos de tortuga son las aves y cangrejos, animales mucho más pequeños que ejercen menos presión que los plesiosaurios de antes, y por eso la reproducción fue cambiando de forma acorde. “En este caso, la rigidez de los huevos parece ser controlada más por eso que por la herencia”, anota el profesor Cadena.

Quizá el mensaje para recordar es que un humilde huevo de tortuga puede contarnos importantes detalles acerca del tejido que forma el tiempo profundo. Desde quién nadaba con quién y quién se engullía a quién, hasta cómo se comportaba el clima. Y las lecciones no paran allí porque, así como la evolución es un ingeniero que constantemente rediseña sus planos, también hay cosas que no necesitan cambiar, como por ejemplo el número, forma y tamaño de los huevos que ponen las tortugas del pasado y el presente.

Potencia mundial

Los colombianos siempre hemos sabido que Villa de Leyva tiene buenos fósiles. Después de todo, ¿quién no ha ido a visitar al famoso Cronosaurio, ha parado en el Museo Paleontológico que administra la Universidad Nacional, o se ha detenido ante los vendedores de amonitas (cuya venta, incidentalmente, se prohibió no hace tanto)?

Pero lo que muchos no saben es que Villa de Leyva, cuyos fósiles apenas comienzan a ser estudiados en serio, está demostrando ser un repositorio de reptiles marinos de talla mundial. Una potencia en muestras del período Cretácico inferior –o temprano–, es decir, organismos que vivieron entre hace 100 y 149 millones de años. Y eso es algo que los hermanos Parra, del CIP, no toman por sentado.

“Nosotros en el equipo del Centro de Investigaciones Paleontológicas estamos muy contentos de cerrar el 2018 con tres estudios importantes en la paleontología de Colombia, que dejan huella e interés de los científicos, y que habrían sido imposibles sin el apoyo actual del doctor Santiago Padilla y el legado de su hermano, Carlos Bernardo Padilla, creador de la colección del CIP”, dice Mary Luz Parra. Además de los huevos de esta tortuga, el año pasado el CIP le presentó al mundo un nuevo género y especie endémica de un pez de hace 90 millones de años (‘Candelarhynchus padillai’). Y una nueva especie fósil de tiburón ‘Protolamna ricaurtei’, del mismo grupo al que pertenecen especies como el gran tiburón blanco.

Sin escatimar esfuerzos, el equipo de investigadores de la Universidad del Rosario y el CIP lleva años buceando en el tiempo y en los huesos del pasado, como herramienta para salvaguardar la biodiversidad del planeta. Todo, gracias a un huevo de tortuga.


Referencias:

Ángela Posada Swafford. Estudian el primer fósil de una tortuga marina cargada de huevos. Fuente periódico El Tiempo 28.01.2019 (https://www.eltiempo.com/vida/ciencia/en-boyaca-estudian-el-primer-fosil-de-una-tortuga-marina-cargada-de-huevos-319754) [Última consulta 28.01.2019].


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domingo, 27 de enero de 2019

El pelao que salvó 12 millones de años de historia



Andrés Vanegas tenía 11 años cuando encontró un diente de caimán y una muelita de un cangrejo. No pudo estudiar y mientras trabajaba como vigilante siguió explorando el desierto hasta convertirse en un paleontólogo empírico que logró reunir a los mejores científicos en el patio de su casa en una vereda del Huila.

Andrés Vanegas (28 años) sostiene los dos primeros fósiles que descubrió en el desierto de La Tatacoa: un diente de caimán y las tenacitas de un cangrejo que vivieron en la zona hace más de 12 millones de años. Fotos: Felipe Villegas - Instituto Humboldt

De Neiva a Villavieja hay poco más o menos una hora de camino en carro. Villavieja es difícil de olvidar. Erguido en la plaza central, un megaterio de casi tres metros de alto, lejano pariente de los perezosos, se roba la atención. Estos animales abundaron y evolucionaron en una época en que Suramérica, aunque cueste creerlo, fue un continente aislado del resto de América. Seamos claros: no existía la conexión a través de ese lugar para hacer compras, con buenos hoteles y playas, un canal interoceánico y donde suena la música de Rubén Blades que hoy llamamos Panamá. Así que durante 70 millones de años esta fue la casa de todo tipo de especies fantásticas moldeadas por los caprichos de la evolución. Suramérica fue una isla que solo volvió a reconectarse a Centro y Norteamérica hace unos diez millones de años. “El espléndido aislamiento” lo llamaron algunos. Y una parte de los restos de ese esplendor biológico están enterrados en la Tatacoa.

¿A quién se le ocurrió pintar una réplica de megaterio de color naranja zapote? Eso quedará entre los misterios de la burocracia municipal de Villavieja. Como todo buen gobierno, la precisión científica no está entre las prioridades. Nadie sabe qué color tenían los megaterios. Los fósiles dicen muchas cosas, pero los colores de la piel no son una de ellas. En todo caso naranja no parece un buen color para camuflarse en un lugar verde y frondoso que entonces era más parecido al Amazonas que al Sahara. Nadie evoluciona para ser presa fácil. (Imagen: Zona norte del desierto de La Tatacoa, Huila).



Villavieja es un municipio cuya economía ha florecido gracias al turismo. Dos observatorios astronómicos, un pequeño museo paleontológico, hoteles y piscinas han ayudado a que a pesar de sus agobiantes 35 grados celsius, a veces hasta 40, arriben cada año millares de turistas. En 2016 recibió 172 mil y en 2017 unos 276 mil turistas.

Partiendo de Villavieja y atravesando el desierto de la Tatacoa de sur a norte, perdido entre ese paisaje erodado por siglos de lluvias y ríos, está el poblado de La Victoria. Aquí es mejor aclarar que el desierto es en realidad un bosque seco tropical, confusión que saca de casillas a algunos ecólogos, pero resulta útil para el turismo. La Victoria la conforman unas pocas cuadras, desordenadas, sin pavimento, en las que viven unas 2 mil personas. A diferencia de Villavieja, su economía es bien flaca. No hay policía, no hay centro de salud. No hay casi nada. Muy probablemente el alcalde de Bogotá Enrique Peñalosa, si pasara por allí, se podría referir a ella como un potrero.

La semana pasada, sin embargo, llegaron desde la Universidad de la Plata en el sur del continente y desde la Universidad de Yale en el norte, desde Florida, desde Venezuela y hasta desde Zúrich, del Instituto Smithsonian de Panamá, un grupo élite de geólogos y paleontólogos, en su gran mayoría colombianos. Si uno revisa sus hojas de vida descubre rápidamente que son personas dispuestas a buscar la aguja en el pajar: unos estudian el sarro de dientes fosilizados, otras hojas microscópicas del cenozoico, alguno analiza cangrejos de menos de 10 milímetros, otros se desvelan por el polen ancestral o por los isotopos que permiten adivinar si la dieta de un animal extinto era vegetal o carnívoro. Y aunque junto a los padres de los músicos y pintores, los de los paleontólogos creen que sus hijos van a fracasar cuando eligen esa senda profesional, la verdad parece ser otra. Todos se veían felices preparando sus martillos, sus botas, sus cantimploras para enfrentar el desierto de la Tatacoa en los días siguientes. 



Un bautizo científico

El lunes 14 de enero, a las 7:00 p.m, todos se reunieron en uno de los dos hotelitos que han nacido en La Victoria, en El Rubí. Carlos Jaramillo, casi nadie se disgustaría si se dice de él que es el paleontólogo colombiano más importante en la actualidad, tomó la palabra. Después de pedir a todos que se presentaran y resumieran en 30 segundos su área de trabajo, el investigador del Instituto Smithsonian dijo:

—El primer artículo científico sobre La Venta (así se conoce esta zona entre los paleontólogos) se escribió en 1929. Desde entonces se han escrito alrededor de 225. Solo tres son de colombianos.
En medio del mismo silencio respetuoso que se instaura en sus discípulos cada vez que abre la boca continuó con su reflexión:

— Por eso es que estamos acá. Aquí vinieron los jesuitas, los japoneses, los gringos de California y los de la Universidad de Duke. Les podemos echar la culpa por no involucrar colombianos, pero la verdad es que es nuestra. Tenemos los fósiles en nuestra casa.
Luego disparó preguntas a los estudiantes de pregrado de Eafit, a los de la U. del Norte, a los de maestría, a los candidatos a un doctorado, a los posdoctores, a los otros profesores que antes fueron sus discípulos. El que oía su nombre quedaba petrificado como un fósil por unos segundos.

— ¿Cuánto mide la cuenca?

Nadie acertó, así que él mismo respondió.

— La cuenca tiene unos 40 kilómetros por 25 kilómetros aproximadamente. Calculo que se tendrán que recolectar unos 30.000 fósiles antes de detenernos. Estamos en poco más de 1.000.

— ¿Cual es la edad de la secuencia?, volvió a arremeter contra algunos estudiantes.

En esa acertaron varios: “Entre 13,8 y 10 millones de años”. Aunque el consenso es que aún no está claro.

— ¿Qué es lo más interesante para estudiar aquí?

Y el mismo respondió:

— El óptimo climático del mioceno.

El último calentamiento del planeta resulta especialmente interesante, porque en ese momento la atmósfera terrestre alcanzó a contener 500 partes por millón (ppm) de C02. Hoy vamos en 410 ppm por andar quemando petróleo y talando árboles. Saber exactamente cómo reaccionan los ecosistemas tropicales cuando la Tierra tiene fiebre por exceso de C02 ayudaría mucho a despejar dudas sobre el cambio climático actual. (Imagen: El paleontólogo colombiano Carlos Jaramillo, investigador del Instituto Smithsonian).



Las preguntas continuaron: ¿que tiene que ver el sistema Pebas, qué tiene que ver esto con el Amazonas? ¿Por qué ríos como el Magdalena, que antes fluían hacia el sur, hacia el Amazonas, cambiaron su rumbo hacia el norte? Y otras tantas sobre la formación geológica del lugar.

Antes de cerrar la reunión Carlos contó que la expedición a la Tatacoa era financiada en gran parte por William Anders, el piloto del módulo lunar del Apollo 8, la primera misión tripulada de Estados Unidos en orbitar a la Luna y finalmente regresar a la Tierra. Anders, quien por cierto tomó la primera imagen espacial de la Tierra, de ese punto azul pálido como la llamó Carl Sagan, luego se convirtió en mecenas científico.
Atrás del círculo de sillas rimax que formaban los estudiantes y científicos, escuchando atento estaba Andrés Vanegas Vanegas. La otra razón por la que estaban ahí reunidos. Su anfitrión. (Imagen: Grupo de investigadores en una de las salidas a la zona norte del desierto de la Tatacoa).


La historia de Andrés

Andrés nació en Villavieja, porque era el hospital más cercano para su mamá, pero su familia lleva cuatro generaciones establecida en La Victoria. Cuatro generaciones arando en el desierto. En el patio de su casa, al fondo, se yergue un cactus de unos cuatro metros y también un árbol de totumo que cuidó su bisabuelo, su abuelo, sus padres y ahora protegen él y su hermano menor Rubén. Ellos dicen que es el cactus más alto que han visto en el desierto. Hablan de ellos como dos miembros más de la familia.

Cuando cumplió 11 años un maestro de la escuela organizó una salida al desierto. Ese día ocurrió el milagro científico de su vida. Mientras sus compañeros jugaban y saltaban alrededor, él caminaba con la mirada pegada al piso. De repente: una piedra que parecía un diente o un diente con pinta de piedra. Siguió escarbando con la mirada y encontró unas tenacitas de cangrejo. Eso fue en la vereda El Cusco.

Durante muchos días observó ese diente y esa tenacita de cangrejo. Como si fueran de un extraterrestre. Su abuelo Wenceslao Vanegas le contó que los animales y los árboles cuando se secaban se volvían piedras. A los colmillos los campesinos les decían “cachos de piedra” y a los restos de huesos relativamente comunes en esos parajes solitarios: “chocosuelas”. El abuelo les prometió a él y a su hermano Rubén que algún día los llevaría a conocer un árbol completo convertido en piedra. (Imagen: A la izquierda Rubén Vanegas, hermano de Andrés, junto a los otros niños que hacían parte del grupo Vigías del Patrimonio de la Tatacoa  en el año 2011).



En un sitio al que casi no llegaban libros, ni nadie sabía nada de paleontología, Andrés tuvo la suerte de que un primo le regalara una cartilla sobre dinosaurios. Su imaginación detonó. Entendió que eran piezas de animales extintos. Tres o cuatro años más tarde, un amigo de su hermano Rubén reveló un secreto. En el kilómetro 121 podían encontrar “dientes de dinosaurio”. Andrés conformó su primera expedición paleontológica.

“Encontramos osteodermos de armadillo, más tenacitas de cangrejo y dije: Vamos a tener un museo en La Victoria”.
La fiebre por los fósiles ya no se detuvo. Andrés reclutó a otros niños. Llegaron a ser hasta 15 en los meses siguientes. Armados con cepillos de dientes, destornilladores, bolsas de arroz y cajitas de bocadillo para guardar piezas, con agua y “guampanas” como provisiones, caminaban en jornadas que duraban hasta cinco o seis horas por el desierto. Su mamá pedía en las tiendas cajas de cartón y recipientes para que organizaran los fósiles.

“Un día fui a visitar el Museo de Villavieja. Quería entender todo esto. Gladys Vanegas fue la primera persona que me dio algo de información”. Pero no suficiente para saciar las decenas de preguntas que borboteaban en su cabeza. En 2009 contactó al Servicio Geológico Colombiano y un año más tarde por fin una comisión visitó “su museo” instalado en la casa de bahareque donde vivió su bisabuelo. Andrés y Rubén organizaron las principales piezas que habían recolectado con los otros niños. Los funcionarios quedaron sorprendidos.
“Si encuentras algo grande nos avisas”, le dijeron, y le regalaron su primer frasquito de B72. Una sustancia consolidante que no puede faltar entre los aparejos de un paleontólogo y sirve para evitar fracturas de las piezas. También le regalaron yeso.
“Algo grande”, no tardó en aparecer. Fue un gliptodonte, pariente lejano de los actuales armadillos, que protegió hasta que regresaron los del Servicio Geológico para desenterrarlo.

Andrés nunca dejó de pensar en los fósiles. En cómo salvar más piezas de ese naufragio del tiempo. “Los fósiles tienen algo mágico. Generan una conexión. Todos queremos encontrar cosas que nadie ha visto”. Buscando y buscando, incansable, escuchó sobre un programa del ministerio de Cultura, Vigías del Patrimonio. Averiguó todo lo que tenía que averiguar, convenció a sus secuaces de La Victoria y se autobautizaron “Vigías del Patrimonio Cultural y Natural La Victoria”. Tenían por fin una identidad. En La Victoria, sin embargo, nadie les prestaba atención. Eran solo niños recogiendo piedras que no servían para nada más que para trancar puertas. Andrés no se amilanaba y pensaba que eran “tan afortunados que ha venido gente de Japón hasta acá. ¿Por qué venían? Esto debe tener un valor”.

La necesidad de tener un trabajo, con su familia acosada por el dinero, aburrido con unos pocos semestres de psicología que logró completar en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia, no le quedó otra salida que aceptar un trabajo como guardia de seguridad en Neiva. Por suerte, lo asignaron a la Universidad Surcolombiana.

Entonces ocurrió una feliz coincidencia. En una de las rondas por los pasillos de la universidad desembocó en el Museo Geológico y del Petróleo. Supo al instante que ahí adentro se escondían cosas que le interesaban. Así que regresó unos días más tarde.
Vió a un par de estudiantes sufrir organizando cajas con fósiles.
— Si quieren les colaboro, dijo Andrés.
Los estudiantes lo miraron con curiosidad y le preguntaron por qué sabía de fósiles. Les contó su historia y les dejó el número de teléfono. Días más tarde lo llamó el profesor Roberto Vargas Cuervo y lo invitó al museo: “Recuerdo que lo confronté y empezó a responderme datos de paleontología. Tenía un libro a la mano con unos fósiles y le pregunté esto qué es. Y el tipo le pegó perfecto”.
Conmovido, Vargas lo involucró en la reorganización del museo y le ofreció que asistiera a una de sus clases sobre geología. Andrés se presentó con su uniforme azul de vigilante.

“Me decían wachi pero luego los estudiantes se dieron cuenta de que sí sabía y me respetaban”.
Consiguió una nota de 4,5 sobre 5,0. Por esa época creó con sus amigos el Museo de Historia Natural La Tatacoa, que no era nada distinto a la vieja casa de bahareque de su bisabuelo. Vargas le dio un empujón para que se vinculara a la Red de Museos del Huila. Sus tres pilares: “Proteger, conservar y divulgar”. (Imagen: Cráneo de un Gryposuchus colombianus, descubierto en la Tatacoa).



Poco a poco se iba extendiendo el rumor de un joven que conocía de fósiles en la Tatacoa. Apareció primero Ascanio Rincón, un paleontólogo venezolano que casi se desmaya cuando Andrés le mostró una mandíbula de primate y otras piezas bastante codiciadas. Y también Andrés Link, profesor de ciencias biológicas de la U. de los Andes, experto en primates, quien quedó deslumbrado por la tenacidad y el conocimiento de Andrés.
Esos primeros guiños de investigadores de alto nivel le sirvieron para entender que iba por buen camino. Pero el momento de serendipia ocurrió cuando Vargas Cuervo le contó que por el museo pasaría por unos días un experto colombiano en caimanes para estudiar el fósil de un Gryposuchus colombianus. Se trataba de Jorge Moreno Bernal.

Jorge le dio el correo electrónico de su jefe, el paleontólogo Carlos Jaramillo, y le dijo: “Yo no lo puedo ayudar, pero mi jefe sí, escríbale”.
Andrés, desilusionado y cansado de tocar decenas de puertas en busca de ayuda, de intentar convencer a tres alcaldes sucesivos de Villavieja, a los funcionarios de la Gobernación, a los del Servicio Geológico Colombiano, a gente aquí y allá, no le escribió. Pero meses más tarde se autoconvenció con un argumento sencillo: “¿Qué pierdo? Nada” y tras investigar mejor quién era ese tal Jaramillo, enterarse que había descubierto la Titanoboa cerrejonensis, la serpiente más grande encontrada hasta la actualidad, y era una autoridad mundial en palinología se sentó al computador y escribió:

Buenos días,
Me dirijo a usted como coordinador del grupo de vigías del patrimonio paleontológico la Tatacoa, para poner en su conocimiento de la existencia de un grupo de jóvenes que nos hemos interesado por este patrimonio que se encuentra por todo el territorio del municipio de Villavieja...
... Me dirijo a usted por recomendación del el señor Jorge Bernal, quien nos ha comentado de su excelente trabajo en este campo y nos interesa que se vincule a nuestra iniciativa todo el que nos pueda apoyar con su conocimiento y experiencia, anexo algunas fotografías de algunas de las piezas que tenemos y otras actividades que hemos realizado, muchas gracias por su tiempo y quedo a la espera de una positiva respuesta.

La respuesta llegó en pocos minutos: Carlos le dijo que estaba en Chile, pero pasaría por Colombia y lo visitaría. Andrés no lo podía creer.

Ese correo que Andrés casi no escribe al final de cuentas desencadenó el redescubrimiento de la Tatacoa y una de las más interesantes colaboraciones científicas en Colombia. Carlos llegó solo al aeropuerto de Neiva como lo prometió. Andrés jamás se imaginó que uno de los mejores en el campo de paleontología fuera un tipo tan sencillo y generoso. Más tarde Carlos le envió dinero para que construyera una primera etapa del museo, dos cuartos amplios para albergar las piezas y recibir a los investigadores. También lo ha guiado en el registro de todas las piezas para tener una colección con estándares profesionales. Le envió paquetes enteros por correo con todos los artículos científicos que detectó sobre la Tatacoa y algunos libros sobre paleontología. Y la expedición de la semana pasada, como lo anunció Carlos, fue “el bautizo científico” de Andrés, de los Vigías, de su museo y de una nueva etapa en la exploración paleontológica y geológica de toda esta región. Andrés ya figura en tres artículos científicos como coautor. (Diente fósil de un gavial extinto. Esta especie de cocodrilo vivió hace unos 11.8 a 13.5 millones de años en los humedales que existían donde hoy se ubica el Desierto de La Tatacoa).



La vieja biodiversidad

En 1959, el norteamericano Donald Savage, quien había visitado Colombia en 1950 y estaba al tanto de las expediciones que comandó Ruben Arthur Stirton, de la Universidad de California, entre 1944 y 1951 en el desierto de la Tatacoa, escribió para la revista Pacific Discovery un artículo que tituló “Colombia is the Key” (Colombia es la clave). Con “clave” se refería a que La Venta representaba “una de la últimas sociedades de mamíferos que dominaron la vieja fauna de Suramérica”.

Savage describió para sus lectores un paisaje estrambótico y vital, como debió ser la casa de Andrés hace 12 millones de años: notungulados “que parecían ovejas con una larga cola, marsupiales parecidos a lobos y a hienas”, legiones de micos saltando entre las ramas de los árboles que crecían al lado de amplias corrientes de agua en las que se escondían peligrosos caimanes de ocho metros. Un territorio habitado también por edentados, familiares de los perezosos, armadillos, gliptodontes y hormigueros, centenares de tortugas enormes, litopternos parecidos a camellos pequeños. Volando sobre las cabezas de todos murciélagos y escondiéndose en laberintos de plantas y enredaderas miles de lagartijas, serpientes, ranas, caracoles y artrópodos. “Todo este conjunto de la vida está representado en La Venta”, anotó Savage.

El sueño de Andrés, su hermano Rubén y el resto de los Vigías de la Tatacoa es rescatar ese pasado pero también a toda su comunidad a través de la ciencia y el turismo. Y, si tienen suerte, esperan también encontrar restos de un animal legendario, “el ave del terror”. (Vea: Científicos a la reconquista de la Tatacoa).



Referencias:

Pablo Correa. El pelao que salvó 12 millones de años de historia. Fuente periódico El Espectador 26.01.2019 (https://www.elespectador.com/noticias/ciencia/el-pelao-que-salvo-12-millones-de-anos-de-historia-articulo-836273?fbclid=IwAR2JaivvQ4NuSjLw6pU8wiMkI30EFAfUOjaxvlGlWlM2zsLuBY0N8PYOtxY) [Última consulta 27.01.2019].


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