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miércoles, 29 de enero de 2025

Reciente descubrimiento de un cráneo muy completo del gavial Gryposuchus colombianus en La Tatacoa ⚒


En el desierto de La Tatacoa, Huila, se descubrió el cráneo casi completo y parte del postcráneo de un gavial, un cocodrilo de hocico alargado que habitó la región hace más de 13 millones de años. Este hallazgo, liderado por el Museo de Historia Natural de La Tatacoa y su director Andrés Felipe Vanegas, confirma que la zona tuvo un ecosistema exuberante similar a la Amazonía actual. Aunque no es el primer fósil de gavial encontrado en la región, sí es el más grande registrado en Colombia. El fósil está en proceso de estudio y podría aportar información clave sobre la evolución de estos reptiles y el ambiente del pasado.

A continuación la noticia publicada por el periódico La Nación:


Nuevo hallazgo paleontológico pone a La Tatacoa en el mapa mundial



En el desierto de La Tatacoa, ubicado en el municipio de Villavieja, Huila, se ha realizado un hallazgo paleontológico que podría reescribir una parte importante de la historia de la vida en el continente suramericano. Se trata del cráneo de un gavial, una especie de cocodrilo que habitó la tierra hace más de 13 millones de años. Andrés Felipe Vanegas, director del Museo de Historia Natural de La Tatacoa, compartió con LA NACIÓN los detalles sobre este importante hallazgo. Esta es la historia.

El hallazgo de un fósil de una especie que habitó el desierto de La Tatacoa hace 13 millones de años ha vuelto a colocar en el panorama mundial a los hermanos Andrés Felipe y Rubén Vanegas. Desde niños, lo que para ellos era su zona de juegos se convirtió en un verdadero tesoro paleontológico, llevándolos a fundar el Museo de Historia Natural de La Tatacoa en La Victoria, una vereda ubicada a 17 kilómetros del casco urbano del municipio de Villavieja, en el norte del departamento del Huila.

Andrés Felipe Vanegas, director del museo y creador de la Fundación Vigías del Patrimonio Paleontológico de La Tatacoa, lidera un grupo de jóvenes de la región que, desde su infancia, trabajan por la protección, conservación y divulgación de los fósiles encontrados en esta zona de Colombia.

Sobre los nuevos descubrimientos, que incluyen este importante fósil, Andrés Felipe comentó: “Este evento ha sido liderado por el Museo de Historia Natural de La Tatacoa, una institución creada a partir del sueño y el esfuerzo de la comunidad local, guiada por la pasión que nos acompaña desde niños”.

Aunque no cuenta con un título de paleontólogo, Andrés Felipe se considera un experto empírico en la materia. “He trabajado en esta zona prácticamente toda mi vida”, afirmó. Su dedicación incansable ha sido clave para conservar y divulgar los secretos que este enigmático desierto guarda bajo sus arenas.


Foto comparativa del tamaño del fósil con el cuerpo de su descubridor/ Foto: Suministrada.


 
Un descubrimiento que desafía la imaginación

Antes de referirse al reciente hallazgo, el director del Museo de Historia Natural de La Tatacoa destacó que este desierto es reconocido a nivel mundial por los numerosos yacimientos fósiles descubiertos a lo largo de más de cien años.

“Lo que hemos descubierto confirma que el desierto era un lugar totalmente diferente a lo que vemos hoy en día. Nos imaginamos un paisaje muy similar al que existe actualmente entre la Amazonía y la Orinoquía colombianas, con ríos, lagos, selvas y pantanos donde habitaban numerosas especies”, señaló.

El reciente descubrimiento consiste en el cráneo casi completo y parte del postcráneo de un gavial, un cocodrilo caracterizado por su hocico estrecho y alargado, especialmente adaptado para cazar peces y otras presas pequeñas. “Lo especial de este hallazgo es que estos reptiles aún existen, aunque su presencia está muy restringida a regiones de Asia, como el río Ganges en la India”, explicó el director.

Sin embargo, en Suramérica y en Colombia, estas especies desaparecieron hace millones de años. “Habitaron esta región hace más de 13 millones de años, cuando lo que hoy conocemos como el árido desierto de La Tatacoa era un ecosistema exuberante compuesto por ríos, lagos, pantanos y selvas, muy similar al paisaje actual de la Amazonía y la Orinoquía”, añadió.

El director destacó que este hallazgo es uno de los más importantes en la historia del desierto, ya que se trata del gavial más grande encontrado en Colombia. La pieza, que se encuentra en proceso de preparación y estudio en el laboratorio del museo, considerado uno de los más completos del país, podría aportar información crucial sobre la evolución de estos reptiles y las condiciones ecológicas del pasado.

Aunque no es el primer gavial descubierto en La Tatacoa, sí es el más grande hasta ahora. “Encontramos su cráneo completo y parte de su postcráneo, lo que nos permitirá obtener información valiosa. El fósil ya está en el Museo de Historia Natural de La Tatacoa, donde será estudiado y preparado en nuestro laboratorio”, concluyó el director.


El fósil fue trasladado al Laboratorio del Museo para su preparación. / Foto: Suministrada.



De un juego de infancia a un legado científico

El fundador del museo recordó con nostalgia sus primeros pasos en la paleontología, cuando, a los 11 años de edad, descubrió lo que en ese entonces pensaba que eran simples piedras durante una salida escolar al área de “Cusco”, un sitio turístico de La Tatacoa. “Con el tiempo aprendí que eran fósiles, y desde entonces no he dejado de buscar, estudiar y proteger este patrimonio”, afirmó.

Este amor por los fósiles lo compartió con su hermano y con otros niños de la comunidad. Juntos comenzaron a soñar con la creación de un museo que preservara y divulgara la riqueza paleontológica de la región.

Hoy, ese sueño es una realidad. El Museo de Historia Natural de La Tatacoa alberga entre 4.000 y 6.000 especímenes fósiles de una diversidad impresionante de especies, lo que lo posiciona como una de las colecciones paleontológicas más importantes de Colombia.

Este proyecto ha sido posible gracias al apoyo de universidades como Los Andes, El Rosario y la Surcolombiana, además de instituciones internacionales como el Instituto Smithsonian de Panamá.

Desafíos para un futuro sostenible

Aprovechando el interés generado por el reciente hallazgo, LA NACIÓN consultó al director del Museo de Historia Natural de La Tatacoa, Andrés Vanegas, sobre el estado actual del museo y sus proyecciones a futuro.

A pesar de su importancia, el museo enfrenta grandes desafíos para consolidarse como un centro autosostenible. Uno de los principales obstáculos es la infraestructura vial de acceso. “Actualmente, las carreteras hacia La Victoria, donde se encuentra el museo, son destapadas y carecen de puentes adecuados. Esto dificulta la llegada de visitantes, especialmente durante las temporadas de lluvia”, explicó Andrés Vanegas. Esta situación afecta de manera significativa la economía local, que en los últimos años ha comenzado a depender del turismo.

“El pasado enero de 2024 recibimos alrededor de 1.000 visitantes, pero este mes apenas hemos alcanzado entre 400 y 500. Necesitamos soluciones urgentes para garantizar el crecimiento del turismo y permitir que el museo pueda continuar con su labor investigativa y educativa”, enfatizó el director.

A pesar de estas dificultades, la comunidad ha comenzado a diversificar sus actividades económicas mediante la creación de posadas, restaurantes y otros servicios turísticos, buscando aprovechar el potencial que ofrece la creciente visibilidad del museo y el desierto de La Tatacoa.


Fachada del Museo de historia de la Tatacoa en la Victoria, Villavieja. / Foto: Suministrada.



Un legado para las futuras generaciones

El museo ha impulsado la creación de un grupo de vigías del patrimonio, conformado por niños, adolescentes y jóvenes de la región, quienes se están preparando para convertirse en el relevo generacional en la conservación y estudio del patrimonio paleontológico. “Queremos que estos niños y jóvenes sean los futuros paleontólogos de Colombia. Estamos buscando alianzas con universidades nacionales e internacionales para que puedan continuar sus estudios y especializarse en esta área”, afirmó el director del museo.

Proyección nacional e internacional

El museo tiene como objetivo transformarse en un Centro de Ciencias que no solo se enfoque en la paleontología, sino que también abarque otras disciplinas científicas. Además, se está trabajando en el desarrollo de exposiciones itinerantes que permitan llevar los fósiles de La Tatacoa a diferentes regiones de Colombia, con el propósito de que más personas puedan conocer y valorar este invaluable patrimonio, destacó Andrés Vanegas.

El director del museo hizo un llamado especial a los jóvenes para que se interesen por la ciencia y la cultura. “Los fósiles no son solo piedras; son la clave para entender nuestro pasado y proyectar nuestro futuro. Proteger este patrimonio es proteger nuestra identidad y la biodiversidad del planeta”, afirmó.

Asimismo, extendió una invitación a todos los colombianos a visitar el museo y unirse a los esfuerzos por conservar y promover este invaluable legado.

El desierto de La Tatacoa, con sus misterios y maravillas, continúa demostrando que es un tesoro no solo para Colombia, sino para el mundo entero. Su historia y los descubrimientos que alberga son un recordatorio de la importancia de preservar nuestro patrimonio natural y cultural para las generaciones futuras.


En lo que va corrido de enero han visitado el museo 500 personas, el 50% que el mismo periodo del año 2024. / Foto: Suministrada.




Referencias:

Hernán Guillermo Galindo M. Nuevo hallazgo paleontológico pone a La Tatacoa en el mapa mundial. Fuente: La Nación 19.01.2025. (https://www.lanacion.com.co/nuevo-hallazgo-paleontologico-pone-a-la-tatacoa-en-el-mapa-mundial/) [Última consulta 29.01.2025].



Todas las imágenes y fotografías aquí publicadas son propiedad de sus respectivos autores.




lunes, 4 de noviembre de 2024

Primer Registro de un «Ave del Terror» en Colombia: Un Superdepredador de hace 13 Millones de años ⚒


Se registra por primera vez la presencia de «aves de terror» (Phorusrhacidae) en el Mioceno Medio de Colombia. El hallazgo consiste en un fragmento distal de un tibiotarso izquierdo encontrado en el Desierto de la Tatacoa. Además de ser el primer fororrácido registrado en el norte de Suramérica, los investigadores estiman que podría tratarse del ave del terror más grande encontrada hasta el momento en base al ancho distal del tibiotarso, el cual presenta también cuatro marcas de mordedura, posiblemente causadas por otro gran depredador, algo que se confirmará en un próximo estudio.

Este descubrimiento aporta nueva información sobre la presencia de estos grandes depredadores en el trópico de América del Sur. El fósil fue hallado por César Perdomo hace 20 años, este campesino de la zona ha recolectado fósiles desde su infancia y ahora colabora con paleontólogos para preservar y mostrar sus hallazgos en el museo La Tormenta, creado con su propio esfuerzo y dedicación.


A continuación la noticia publicada por el New York Times:
 

Un ave del terror en un desierto colombiano

César Perdomo, ganadero y cazador de fósiles en el desierto de la Tatacoa, en Colombia, con un fósil de ave del terror. Hasta su hallazgo, poco se sabía sobre cómo estos carnívoros se extendieron por América hace millones de años.
Credit...

 
En Colombia, un ganadero recolector de fósiles ha encontrado un gigantesco asesino no volador de hace 13 millones de años, un ejemplar que ayuda a completar la historia evolutiva de la región.

El pequeño museo paleontológico de César Perdomo, La Tormenta, es una obra en construcción. Es una estructura de cemento desnudo construida sobre una plataforma azotada por el viento en el desierto de la Tatacoa, que ofrece una vista panorámica de cañones escarpados y poco profundos tallados en roca lutita blanda.

En el interior del museo, los fósiles están distribuidos en mesas y estanterías. El resto de la colección de Perdomo está en cajas apiladas hasta el techo; una silla de montar cuelga desordenadamente sobre un caparazón de tortuga fósil estacionado en el suelo. También hay un restaurante y varias cabañas rústicas, pero pueden pasar semanas sin ningún huésped.

Perdomo, de 44 años, es un veterano ganadero que, como mucha gente de esta región, ha coleccionado fósiles toda su vida. El desierto de la Tatacoa alberga ricos yacimientos de fósiles de hace unos 13 millones de años, el apogeo de la época del Mioceno medio.

Los dinosaurios no avianos llevaban mucho tiempo muertos y Sudamérica era un continente insular que aún no estaba conectado a Norteamérica. Allí vivían mamíferos con pezuñas de gran tamaño, como los toxodontes, parientes lejanos de los rinocerontes y tapires actuales; cocodrilos altos que caminaban sobre la tierra; criaturas con armaduras gruesas llamadas gliptodontes; y aves gigantes no voladoras conocidas como aves del terror, con poderosas patas y picos desgarradores.

Fue una época única en la historia geológica en la que las aves disfrutaron de un glorioso papel como grandes depredadores. En los registros fósiles se han identificado unas 20 especies de aves del terror. Las más pequeñas no eran más grandes que un perro, mientras que otras alcanzaban los tres metros de altura. Algunas cazaban emboscando a sus presas, mientras que otras las perseguían hasta cansarlas.

Se han encontrado fósiles de aves del terror en el cono sur de Sudamérica, sobre todo en Argentina, y también en Florida y Texas. Sin embargo, a pesar de un siglo de intensas exploraciones por parte de los paleontólogos, nunca se habían encontrado en medio de esas zonas. Sus movimientos y paradero eran un misterio hasta que Perdomo decidió construir La Tormenta.

‘Rocas’ y dientes de toxodontes

Perdomo con una herramienta que se usa para excavar fósiles. Aprendió sus técnicas de paleontólogos japoneses y estadounidenses que estuvieron de visita en las décadas de 1980 y 1990.



Cuando era un niño en el desierto y ya pastoreaba sus propias cabras, Perdomo acompañó a dos expediciones de investigación de larga duración dirigidas por la Universidad de Kioto, en Japón, y por la Universidad de Duke, en Carolina del Norte. Durante las décadas de 1980 y 1990, Perdomo ayudó a los científicos en sus visitas anuales y, a su vez, aprendió sus técnicas de excavación y conservación. Guardaba bajo la cama su creciente colección de antiguos escudos de tortuga y dientes curvados de toxodonte. De vez en cuando, su madre tiraba sus “rocas”.
 
A mediados de la década de 1990, los paleontólogos extranjeros se retiraron de Colombia, temerosos del empeoramiento de la actividad guerrillera y paramilitar en la región. Perdomo dijo que se había entusiasmado por la posibilidad de que “como ellos se fueron, que yo cuando ellos volvieran tenía que tener material para mostrarles”. “Pero nunca volvieron”, dijo Perdomo refiriéndose a los investigadores. “Porque pues yo guardo la esperanza que volviera alguien”.
 
Perdomo siguió recolectando, solo, sin libros ni referencias que le sirvieran de guía, apenas los recuerdos de las expediciones. Ya adulto, criaba vacas y abejas que producían una miel del desierto oscura y deliciosa. Buscaba fósiles por las tardes, cuando amainaba el calor. Sus técnicas se hicieron más refinadas y sus hallazgos más intrigantes, aunque la mayoría permanecieron bajo su cama.
Con el tiempo, los paleontólogos profesionales regresaron, pero esta vez eran colombianos. En 2010, Andrés Link, de la Universidad de Los Andes en Bogotá, empezó a venir con colegas y estudiantes, y a recaudar fondos para diferentes proyectos. Unos años después conoció y se hizo amigo de Perdomo. “No podía creer que aquí estuviera este tipo, que a los 8 ó 9 años anduvo por ahí con las expediciones de Kyoto y Duke”, recordó Link. “Pero él sabía dónde estaban los fósiles”.


Santiago Perdomo, un ranchero joven y un pariente de César Perdomo. Los niños de la región a menudo comienzan a trabajar con sus propios animales a los 8 o 9 años.

Andrés Link, paleontólogo, y Perdomo excavan un gliptodonte —una criatura parecida a un armadillo— durante la noche.


 En 2015, el desierto de la Tatacoa sufrió una sequía catastrófica que mató a más de 10.000 vacas. La dolorosa experiencia de ver cómo se marchitaba y moría su rebaño hizo que Perdomo buscara otras formas de sustento. Y mientras tanto, se estaba produciendo un renacimiento paleontológico local.
Dos hermanos cazadores de fósiles habían abierto un pequeño pero sofisticado museo de historia natural en La Victoria, una ciudad en el extremo norte del desierto. En la ciudad de Villavieja, al sur, un museo municipal estaba renovando sus exposiciones de fósiles para hacerlas más científicas y atractivas.
 
Link y Perdomo decidieron organizar, catalogar y exponer la creciente colección de Perdomo, abriéndola a los científicos y a cualquiera que quisiera verla. Después de la pandemia de COVID-19, empezaron a construir La Tormenta. Menos de un año después, una tormenta azotó y se llevó por delante la estructura del museo, “como en El mago de Oz”, recordó Link. Los fósiles quedaron empapados, pero se pudieron salvar.
Volvieron a empezar, esta vez con materiales más resistentes. El museo aún no estaba terminado el pasado noviembre, cuando Rodolfo Salas, especialista en cocodrilos de Perú, vino con Link a ver los huesos de Perdomo.
“César y yo estábamos sentados allí”, recordó Link, cuando un espécimen grueso, de unos ocho centímetros, llamó la atención del investigador visitante. No era de un mamífero, aseguró Salas a sus anfitriones, ni tampoco de un reptil. El fósil, que Perdomo había recogido 15 años antes mientras reparaba una valla, era el tibiotarso, o hueso de la parte superior de la pata, de un ave. Un ave enorme y poderosa.
 
Un superdepredador

El desierto de la Tatacoa alberga yacimientos ricos en fósiles conocidos por los paleontólogos como los depósitos de La Venta


 El desierto de la Tatacoa está flanqueado por dos cordilleras andinas, la Central y la Oriental. Durante el Mioceno medio, la región era un paisaje húmedo de bosques, pantanos y ríos. Cuando los Andes empezaron a emerger hace 10 millones de años, los ríos se cortaron y la región se secó. Los sedimentos que fluían de las montañas en ascenso crearon unas condiciones excepcionales para los fósiles.
Los yacimientos fósiles, conocidos por los paleontólogos como yacimientos de La Venta, ofrecen una rara instantánea de la vida en Sudamérica antes de que los animales de este mundo antes aislado se encontraran con los de Norteamérica en lo que los científicos llaman el Gran Intercambio Biótico Americano. Este tuvo lugar hace unos cinco millones de años, cuando los animales empezaron a desplazarse en ambas direcciones a través del istmo de Panamá, completamente formado. Las aves del terror resistieron varios millones de años más antes de extinguirse, probablemente superadas en la competencia por recursos por los grandes felinos y los cánidos.
 
Cuando Link llamó por primera vez en relación con el espécimen de Perdomo, Federico Degrange, paleontólogo del organismo científico argentino CONICET y quien es la autoridad mundial en aves del terror, no necesitó ir a Colombia para saber que estaba ante algo extraordinario.
A partir de las imágenes tridimensionales que envió Link, Degrange determinó que el fósil procedía de un ave al menos un 10 por ciento mayor que las dos mayores especies de aves cursoras, o corredoras, del terror conocidas hasta la fecha: Titanis walleri, de Norteamérica, y Kelenken guillermoi, de la Patagonia.

Degrange no estaba seguro de si se trataba de un Titanis o un Kelenken extragrande, o si era una especie nueva, aunque sospechaba que era nueva. Sorprendentemente, el hueso de la pata también tenía marcas de una mordedura de cocodrilo. No estaba claro si el ave terrorífica había muerto en combate o si el cocodrilo se había topado con sus restos.


El concepto artístico de Phorusrhacidae, la familia mejor conocida como las aves del terror.Credit...H. S. Druetta

Una reconstrucción de Titanis Walleri está expuesta en el Museo de Historia Natural de Florida. Los fósiles de aves del terror se han descubierto en el Cono Sur y en Florida y Texas. Pero hasta ahora, no se habían encontrado entre esas dos regiones.Credit...Millard H. Sharp/Science Source

 
El hallazgo ofrece una nueva perspectiva sobre el ecosistema de La Venta, dijo Degrange, que es el autor principal, junto con Link y Perdomo, de un nuevo artículo que describe el fósil, publicado en la revista Papers in Paleontology.

Perdomo mostrando la parte de la pierna análoga a la del fósil del ave del terror.


 “Era un superdepredador”, dijo Degrange. “Prefería las zonas abiertas. Antes de este descubrimiento, la mayoría de los restos de La Venta indicaban que se trataba de un entorno de bosque tropical. Esto sugiere que se trataba de una mezcla de zonas abiertas, arbustos y bosques”, algo muy parecido a lo que ocurría en el sur de Argentina durante el Mioceno medio.
Siobhan Cooke, paleontóloga de la Universidad Johns Hopkins que también es autora del trabajo, dijo que el hallazgo “confirma que las aves del terror formaron parte de la comunidad faunística de La Venta durante algún tiempo, no algo pasajero”. Los fósiles hallados en Texas y Florida, en otras palabras, “no eran aves de la Patagonia que decidieron caminar 8000 kilómetros hacia el norte”.
El enorme tamaño de esta ave “también nos habla de los niveles tróficos” —o la cadena alimentaria— “presentes en La Venta, y de las presiones selectivas que permitirían un tamaño corporal cada vez mayor”, dijo Cooke.
 
Thomas LaBarge, investigador de la Universidad de Indiana Bloomington que no participó en este trabajo, publicó recientemente un estudio sobre la evolución del tamaño en las aves del terror. Utilizando medidas de todos los fósiles que pudo identificar, trató de discernir qué factores habían contribuido a sus enormes proporciones.
La expansión de las praderas abiertas durante el Mioceno medio se considera desde hace tiempo uno de esos factores, junto con la ausencia de grandes mamíferos depredadores. Sin embargo, LaBarge descubrió que no fue solo el entorno y las oportunidades lo que llevó a las aves del terror a convertirse en gigantes, sino también la competencia con otras aves del terror.
“El tamaño corporal controlaba la diversidad de las aves en términos de cuántas especies podían coexistir y qué funciones desempeñaban”, dijo. Dos especies de aves del terror de tamaño similar con el mismo estilo de caza “no podían coexistir durante más de un par de millones de años. Una u otra se extinguiría”.
Para empezar, los fósiles de aves del terror son raros. Encontrar uno tan grande, en un yacimiento en el que nunca se habían registrado, “es increíblemente importante para comprender cómo evolucionaron y se extendieron las aves del terror por América”, afirmó LaBarge.
 
Rumores sobre un cráneo

Vértebras fósiles de cocodrilianos extintos en La Tormenta. Una vez que se etiquete y catalogue, Link y Perdomo esperan que la colección se convierta en un recurso de investigación.


Vértebras fósiles de cocodrilianos extintos en La Tormenta. Una vez que se etiquete y catalogue, Link y Perdomo esperan que la colección se convierta en un recurso de investigación.


 Durante toda una semana de junio, los estudiantes y colegas de Link, procedentes de Bogotá, trabajaron para catalogar los fósiles de Perdomo. Pasaban las tardes encorvados sobre largas mesas en el museo a medio terminar, clasificando y etiquetando mientras ahuyentaban las avispas de sus caras sudorosas.

Mientras los estudiantes se afanaban, Link fue a coger una caja de plástico de entre las pilas. Sacó el fósil de ave del terror, que parecía una nudosa pata de pavo cortada por la mitad. Las hendiduras de la antigua mordedura de cocodrilo parecían dos limpios agujeros perforados.
Después de que su fósil fuera identificado como ave del terror a finales del año pasado, Perdomo recordó algo de su infancia: había visto el cráneo fósil de lo que ahora comprendía que era un ave del terror. Uno de sus primos segundos, con la ayuda de un sacerdote local, lo había desenterrado y llevado al museo de Villavieja.
Perdomo dijo que, teniendo él seis años de edad, era difícil que supiera lo que era el fósil. Pero era evidente que se trataba de algún tipo de ave. El cráneo, con su formidable pico curvado, había permanecido durante meses o quizá más tiempo, sin protección, sobre las mesas abiertas del museo. Y entonces desapareció.
 
Los paleontólogos profesionales confiaban en la memoria de Perdomo; habían confiado en ella durante años para orientar sus búsquedas. “Si César dice que vio un pico, es que lo vio”, dijo Cooke, que ha trabajado en el campo con Perdomo y Link.
 
Muchos antiguos habitantes del desierto recuerdan las expediciones de las universidades Duke y Kyoto con sentimientos encontrados. Los paleontólogos extranjeros habían contratado a los rancheros como ayudantes, pero no habían compartido mucha información con ellos. Se habían llevado fósiles valiosos. El equipo japonés incluso había levantado un espécimen muy grande del suelo con un helicóptero, un incidente tan notorio que los músicos locales escribieron una canción folclórica sobre él.
 
Pero el cráneo del pájaro del terror no pudieron llevárselo los equipos extranjeros, concluyó Link, “porque de ser así, habrían publicado algo”. Entonces, ¿qué pasó con él?
 
Un tormento para toda la vida

Abelardo Soto, primo segundo de Perdomo, describe la criatura prehistórica cuyo cráneo encontró hace más de 40 años. Tenía alas como de cuero y alimentaba a sus crías en los despeñaderos.



Abelardo Soto, primo segundo de Perdomo, vive solo en una granja donde el desierto se encuentra con las estribaciones de las montañas.
Perdomo hizo la recomendación de visitar a su primo, pero advirtió que intentaría esquivar el tema del fósil desaparecido porque la historia le avergonzaba. Y, en efecto, Soto parecía más interesado en pasear por su propiedad con una lima atada a un cordel y colgándola sobre el suelo. Estaba adivinando la presencia de enterramientos indígenas, explicó. “Mira, aquí hay uno”, dijo mientras la lima se balanceaba.
 
Tras insistirle, Soto reconoció haber recogido el cráneo a finales de la década de 1970 o principios de 1980 con su amigo, el sacerdote Jesús Antonio Munar. Lo donaron al museo de Villavieja, un proyecto que él y Munar iniciaron juntos. “Fuimos donando fósiles”, dijo Soto. “Esos fósiles se pusieron en mesitas. Ya después con el asunto de Munar”.
 
Resultó que el sacerdote cazador de fósiles era un militante político que acumulaba armas, guardaba una mini-Uzi en su coche y oficiaba misa con una pistola. Finalmente fue encarcelado por sus actividades. “Después que el cura se fue lo saquearon completico. Todo se lo robaron”, dijo Soto.
oto pasó a describir la criatura prehistórica cuyo cráneo había encontrado. Tenía enormes alas coriáceas, dijo, y alimentaba a sus crías en los acantilados. Al cabo de un rato, quedó claro que Soto creía haber encontrado un pterodáctilo.

Link, a la derecha, Perdomo, al centro, y unos paleontólogos trabajan para desenterrar un fósil de gliptodonte

Piezas pequeñas del gliptodonte en espera de una inspección y etiquetado

Osteodermos, o estructuras óseas de piel, fósiles de la coraza del gliptodonte.


 Parecía inútil intentar averiguar qué había ocurrido con el cráneo del pájaro del terror. Los fósiles, incluso los menos conocidos, se perdían o robaban constantemente. Y en la década de 1980 en Colombia, con gente como Munar desbocada, nadie prestaba atención. Link y Perdomo estaban de acuerdo en que bien podía ser que estuviera bajo la cama de algún ranchero.
Antes de que acabara la semana, Perdomo, Link y sus colegas habían excavado un hermoso gliptodonte fósil casi intacto en un rancho cercano. Parte de su coraza había sobresalido de un arroyo, y los propietarios del rancho lo habían cubierto con la mitad de un bidón de plástico para evitar que sus vacas lo pisaran.
 
Cualquiera que quisiera ver o trabajar con este fósil, o el del pájaro del terror, tendría que venir a La Tormenta, señaló Link, no como en los viejos tiempos, cuando los fósiles buenos salían del país.
Pronto Link y sus estudiantes regresarían a Bogotá, y Perdomo se quedaría solo con sus fósiles. En las noches calurosas, salía al museo y dormía junto a ellos, apenas como cuando era niño. “Así de loco está”, dijo Link con admiración. Y añadió: “Pregúntele por qué llama al museo La Tormenta”.
Perdomo sonrió. No se refería a la violenta tormenta que se llevó el primer edificio, explicó. Se trataba de su relación de toda la vida con los fósiles que le rodeaban.
 
“¿Cómo que está aquí?”, dijo. “¿Cómo que lo estoy lastimando? ¿Cómo lo saco? ¿Cómo lo identifico? Que eso es un tormento para uno”.


De niño, Perdomo dormía con sus fósiles. De adulto, dijo, a veces sigue haciéndolo.






Referencias:

Jennie Erin Smith. Un ave del terror en un desierto colombiano. Fuente: CNN en Español 04.11.2024. (https://www.nytimes.com/es/2024/11/04/espanol/ciencia-y-tecnologia/ave-del-terror-colombia-fosiles.html) [Última consulta 06.11.2024].


Fotografías por Federico Rios.


Para más información por favor consulte:

Degrange, F.J., Cooke, S.B., Ortiz-Pabon, L.G., Pelegrin, J.S., Perdomo, C.A., Salas-Gismondi, R. and Link, A. (2024), A gigantic new terror bird (Cariamiformes, Phorusrhacidae) from Middle Miocene tropical environments of La Venta in northern South America. Pap Palaeontol, 10: e1601. https://doi.org/10.1002/spp2.1601



Todas las imágenes y fotografías aquí publicadas son propiedad de sus respectivos autores.












viernes, 3 de marzo de 2023

Descubren en Villavieja fósil de tortuga de 13 millones de años

El paleontólogo colombiano Edwin Cadena, junto con Rubén Darío Vanegas del Museo de Historia Natural de La Tatacoa, descubrió un fósil de tortuga acuática en el desierto de La Tatacoa. Publicado en Geodiversitas, este hallazgo representa el registro más antiguo en Colombia del género Podocnemis, una especie de tortuga de río en peligro de extinción. Bautizada como Podocnemis tatacoensis, la tortuga habitó el país hace 13 millones de años durante el Mioceno Medio. El fósil muestra características únicas, lo que sugiere una especie diferente a las tortugas actuales del mismo género. Este descubrimiento contribuye al conocimiento de la evolución y biodiversidad paleontológica en Colombia, destacando la importancia de La Tatacoa como epicentro de investigaciones paleontológicas. El hallazgo también tiene implicaciones para la conciencia de conservación, subrayando la historia milenaria de estas tortugas en el país y la necesidad de proteger su hábitat. El Museo de Historia Natural La Tatacoa exhibe el fósil, consolidando la región como un punto focal para el turismo paleontológico. Este proyecto, respaldado por MinCiencias Colombia y la Universidad del Rosario, busca desarrollar el turismo paleontológico en el desierto, una región fosilífera destacada en América del Sur.

A continuación el artículo periodístico publicado en La Nación:



"El descubrimiento lo hizo el paleontólogo colombiano Edwin Cadena, profesor de la Universidad del Rosario, en el desierto de La Tatacoa. El hallazgo fue publicado recientemente en la revista científica internacional Geodiversitas. Este es el registro más antiguo en el país del género de la tortuga Podocnemis o tortuga de río como se conoce comúnmente, especie que actualmente está en peligro de extinción.

El paleontólogo colombiano Edwin Cadena, profesor de la Universidad del Rosario, junto con Rubén Darío Vanegas, del Museo de Historia Natural de La Tatacoa, en el municipio de Villavieja, descubrieron un fósil de la tortuga acuática y establecieron que es el registro más antiguo del género Podocnemis hasta ahora conocido en el país, hallazgo que fue publicado recientemente en la revista científica internacional Geodiversitas.

“De acuerdo con nuestra investigación del fósil, esta especie de tortuga habitó el territorio nacional hace 13 millones de años, durante una época geológica llamada el Mioceno Medio”, dijo Edwin Cadena, al explicar que la nueva especie fue bautizada Podocnemis tatacoensis, en honor a la zona donde fue encontrada, el desierto de La Tatacoa, en el norte del Huila.

 Para el paleontólogo colombiano, “algo interesante de este fósil es la presencia de unos forámenes o pequeños orificios en la unión entre la parte dorsal del caparazón y el plastrón o peto, que permiten identificarlo como perteneciente al género Podocnemis”.

“El fósil encontrado, en comparación con las tortugas de su mismo género que actualmente viven en el país, presenta algunas diferencias en la forma y número de los huesos, llamados neurales, y en los escudos queratinizados que los recubrían. Por ello es que, podemos definir que se trató de una especie diferente a las que existen actualmente”, comentó el profesor del programa en Ciencias del Sistema Tierra de la Universidad del Rosario.

Así fue como se descubrió el espécimen. Hace 13 millones de años, Villavieja era un sistema de ríos e incluso lagos pequeños y en estos ecosistemas era que habitaba la tortuga


La evolución

“Hasta ahora, la historia evolutiva de las tortugas Podocnemis que habitan en el río Magdalena y los ríos de la Amazonía y Orinoquía de Colombia es controversial, pues datos moleculares indican que han estado morando por varios millones de años esta zona del norte de Suramérica”, dijo el paleontólogo.

“Sin embargo, validar esta hipótesis con fósiles es un desafío debido a la ausencia de especímenes completos. Aquí es donde Podocnemis tatacoensis marca una diferencia por su excelente preservación que permite validar que al menos este grupo de tortugas ha habitado nuestro país durante los últimos 13 millones de años”, resaltó el investigador.

Para el profesor Cadena este es un hallazgo que permite aportar un pequeño grano de arena a los planes de conservación y preservación de las tortugas actuales.

“Es difícil crear conciencia de preservación en las comunidades y pobladores cercanos a los ambientes donde estas tortugas viven si desconocemos su historia. Saber que estas tortugas han habitado nuestro país por millones de años y que en tan solo unas décadas podríamos acabar con todo este largo viaje evolutivo que han tenido, es sin duda una razón para repensar antes de cazarlas o destruir sus ecosistemas”, señaló.

Reconstrucción del espécimen. Desde que se escribió el artículo científico y la investigación fue aceptada en revista científica internacional Geodiversitas trascurrió cerca de un año. Y pasó por procesos de revisión por parte de otros investigadores


Aportes de la paleontología

Edwin Cadena considera que este descubrimiento permite reconstruir el pasado de las especies que han habitado nuestro país, además de consolidar el conocimiento sobre la paleobiodiversidad de un lugar como Colombia, que se destaca a nivel mundial por el gran número de especies actuales que tiene en diferentes grupos como aves y reptiles.

 

“Para la Paleontología de Colombia y del Departamento del Huila, muestra la gran riqueza en términos de patrimonio paleontológico con que cuenta el país y esta región. También, a diferencia de otras naciones donde encontrar una nueva especie fósil es algo ya no tan común, aquí en Colombia es algo que está en crecimiento, en parte porque no teníamos un gran grupo de paleontólogos nacionales con actividad fuerte en investigación, o porque hay muchas zonas de nuestro país aún por explorar en cuanto a su registro fósil”, consideró.

Este fósil descubierto se encuentra en exhibición en el Museo de Historia Natural La Tatacoa, ubicado en el Centro Poblado La Victoria, en la parte norte del Desierto de La Tatacoa.

Fósil de la tortuga acuática descubierta en Colombia. Es el registro más antiguo de esta especie hasta ahora conocido en el país.



Historia del hallazgo

Desde allí, Rubén Darío Vanegas contó que el hallazgo fue en una salida de campo en julio del año 2020, hacia la zona denominada por los vigías como Tatacoita, esto como parte de un proyecto de foto trampeo para el avistamiento de las especies que habitan el bosque seco tropical.

“Junto a Andrés, Diego y Sergio llegamos a la zona que ya conocíamos por poseer fósiles, así que luego de instalar las cámaras nos dirigimos a prospectar y ver qué podían descubrir, siempre que vamos a campo se lleva esa ilusión de encontrar algo importante, completo, raro o nuevas especies, pero no siempre suele pasar. Como el lugar es grande Andres, Diego y Sergio se van en una dirección y yo me quedo en una pequeña cárcava atraído por restos de peces y un enorme diente de Purussaurus, es allí donde en seguida veo unos fragmentos de un caparazón de tortuga color café claro disgregados por efecto del agua que estaba erosionando la roca. Me llamó la atención una parte que tenía un grosor y forma diferente, algo que no había visto en tantos años buscando fósiles”.

Luego de la excavación recopilando todas las piezas, tenía 2 colores uno oscuro y otro claro, y de constatar que estaba casi toda tanto caparazón como plastrón, pensó en armarla. Le contó a sus compañeros del hallazgo. Tomaron los datos necesarios y en 3 bolsitas llevaron los fragmentos al Museo, para intentar ensamblarlos en el laboratorio. “Después de unos meses de trabajo, un poco de anatomía comparada con caparazones de tortugas actuales para ver donde encajaba cada pieza me di cuenta de que faltaban unos fragmentos así que regresamos al lugar y con un tamizaje descubrí piezas”.

Luego de finalizar la preparación, la colección del museo tenía un espécimen pequeño y completo para exhibición futura. Pero, resultó que en una ocasión les visitó el paleontólogo Edwin Cadena, “estábamos revisando otra tortuga que se descubrió con cráneo la cual estamos estudiando y esperamos pronto darla a conocer, le enseñamos la tortuga ya lista y nos dijo ‘esta no la tenía en el radar’ y empezó a realizar las mediciones, toma de datos y fotografías para su posterior análisis, y pues no pasó mucho tiempo para que Edwin nos envíara un correo confirmándonos que habíamos hallado una nueva especie”.

Podocnemis tatacoensis.


Epicentro de investigación

De acuerdo con Rubén Darío Vanegas, La Tatacoa se ha venido convirtiendo en uno de los epicentros en la investigación paleontológica, con los recientes descubrimientos. Hace poco lograron publicar un delfín de río que habitó la Tatacoa hace millones de años, 2 especies de tortugas gigantes, una nueva especie de tortuga relacionada con una que habita Colombia en la costa caribe, hormigueros, estudios geológicos, entre otros.

“Esta nueva investigación nos permite fortalecer el conocimiento e interpretación que tenemos de este yacimiento, es por eso que descubrir nuevos organismos nos ayuda a completar páginas en ese libro sobre la historia de nuestro país que los científicos estamos tratando de contar para así contribuir a la preservación de la biodiversidad”.

Destacó que en todos estos años de apropiación social del conocimiento que ha venido adelantando el Museo de Historia Natural la Tatacoa, región de influencia del desierto, las comunidades sienten alto grado de pertenecía e interés hacia este tipo de hallazgos y posteriores estudios, puesto que están dando reconocimiento a la zona y pone en el ojo del turismo a estos lugares a veces olvidados.

Ha sido tan importante el trabajo realizado por el equipo del museo, que muchos de los agricultores dueños de la mayoría de los terrenos cuando ven o descubren algo en sus fincas de inmediato pasan al museo a reportarlos, enseñan fotografías, deponen tiempo para revisión, ello en aras de que sean extraídos de forma correcta y estudiados, con el fin de saber qué era eso que ellos descubrieron. Luego esperan con ansias la exhibición de estos fósiles, para llevar a sus familiares y amigos y contarles lo descubierto en sus fincas.

En Villavieja se está realizando algo que sus terruños han denominado Turismo paleontológico en el desierto de la Tatacoa, Colombia. Este es un proyecto financiado por MinCiencias Colombia junto a la Universidad del Rosario y el Museo de Historia Natural la Tatacoa, para desarrollar el turismo paleontológico en el desierto, una de las regiones fosilíferas más importantes del norte de América del Sur".

hallazgo de una tortuga con el paleontólogo Edwin Cadena.




Rubén Darío Vanegas en campo realizando una excavación.


Referencias:

Caterin Manchola. Descubren en Villavieja fósil de tortuga de 13 millones de años.Fuente: La Nación 03.03.2023 (https://www.lanacion.com.co/descubren-en-villavieja-fosil-de-tortuga-de-13-millones-de-anos/?fbclid=IwAR18AiudemQX3bXPbQgmBeeVAEdCt_7xJO4jCWW8pGDm2XU2f7Hg9IJpbHk) [Última consulta 14.09.2023].


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sábado, 5 de marzo de 2022

¿Rastros de páramos en la Amazonia de hace 15 millones de años?

Un equipo de científicos hizo un hallazgo sin precedentes: encontró evidencia de rastros fósiles de plantas de páramo en la Amazonía. Su investigación muestra que hay una conexión vital entre esta región y los Andes, pero que ahora los humanos estamos destruyendo.

Reconstrucción del ambiente, flora y fauna en el sistema Pebas.  Cortesía Carina Hoorn
Reconstrucción del ambiente, flora y fauna en el sistema Pebas.  Cortesía Carina Hoorn


Hace casi quince millones de años, la densa selva amazónica que conocemos lucía muy diferente. Era un gran sistema de humedales, conocido como el sistema Pebas, que alcanzó a ocupar más de un millón de kilómetros cuadrados. En lo que hoy es Caquetá confluían agua dulce, agua de mar, palmas, manglares, helechos y bosques. También había una diversidad inmensa de moluscos, caracoles, reptiles y peces. Se estima que albergaba el conjunto de cocodrilos más diverso de todos los tiempos; algunos medían hasta doce metros.

“Era un pantanal que no tiene comparación con el mundo actual”, asegura Carina Hoorn, geóloga, paleoecóloga y una de las pupilas del reconocido botánico Thomas van der Hammen. Llegó desde Holanda a Colombia en 1985 y, desde entonces, de la mano de científicos colombianos, no ha parado de reconstruir la historia natural de la Amazonia mediante el estudio de los sedimentos, las rocas y el polen fósil. Palinología se llama esta disciplina en la que, utilizando fósiles de polen de hace millones de años, recogidos de los sedimentos, logran reconstruir cómo cambian los ambientes, la vegetación y los ecosistemas.

Junto a un equipo multidisciplinario, publicaron en la última edición de la revista Global and Planetary Change un artículo en el que buscaban describir el sistema Pebas. La investigación les dio la posibilidad de imaginar cómo era ese ambiente, qué había ahí, cuál era su vegetación y su fauna y cómo cambiaba con el paso del tiempo. Lo primero que encontraron fue que los grandes ciclos astronómicos, influenciados por los cambios en la órbita terrestre o por el cambio de inclinación de la Tierra, también han incidido y controlado este sistema de humedales en la mitad de la Amazonia, en pleno trópico.

“Aunque uno podría pensar que el trópico es muy estable, lo cierto es que está altamente influenciado por los cambios en el clima. Y esas variaciones en el clima están relacionadas con grandes fuerzas astronómicas, que son las que también marcan las grandes eras glaciales e interglaciales”, asegura Giovanni Bogotá, biólogo, docente de la Universidad Distrital y coautor del artículo.

Afloramiento en el punto Los Chorros, en la Amazonia colombiana. / Carina Hoorn


El nivel del mar y el clima influían en las épocas de inundación del pantano, en la entrada de agua salobre hasta la Amazonia y, por ende, en la vegetación que predominaba en el sistema Pebas. Pero con esta investigación se encontraron muchas más sorpresas. “Cada centímetro de sedimento aporta una ventana de tiempo, como si fuera una fotografía de lo que pasaba en esos años. Así podemos reconstruir la historia”, asegura Bogotá, también estudiante de Van der Hammen. Estudiando los sedimentos de un lugar conocido como Los Chorros (un acantilado de 35 metros cerca a Puerto Nariño), en la Amazonia colombiana, abrieron una ventana al pasado. Reconstruyeron la flora y fauna del pantano, pero también de las montañas de los Andes.

Rastros de páramos y manglares

Cada planta tiene un grano de polen distinto. Los granos de polen, además, son muy resistentes al tiempo y a la exposición a diferentes condiciones ambientales, por lo que encontrarlos como fósiles en los sedimentos no es tan extraño. En los sedimentos de los suelos de la Amazonia se pudo comprobar que al menos hace quince millones de años ya existían en nuestras montañas algo muy parecido a un páramo, un “protopáramo”, señalan los investigadores.

“Durante años, la pregunta de cuándo se levantó y alcanzó su altura la cordillera de los Andes le ha dado vueltas en la cabeza a los geólogos, biólogos e investigadores”, asegura Catalina González, directora del Grupo de Investigación Palinología y Paleoecología Tropical de la U. de los Andes y coautora del artículo. “Hasta ahora, los primeros indicios que teníamos de la existencia de los páramos eran mucho más jóvenes: de hace cinco millones de años o, según la mayoría de evidencia, de hace dos millones de años”, explica.

Por eso, encontrar evidencia de que hace quince millones de años ya existían unas plantas que podían habitar los protopáramos es un hallazgo sin precedentes. “Nos muestra que las cordilleras ya estaban levantadas, que tenían una altura de al menos 3.000 metros sobre el nivel del mar, y que había unas condiciones climáticas para que esas plantas se establecieran”, afirma.

Los rastros fósiles de plantas de páramo en la Amazonia demostraban otra cosa: que existían unos ríos y unos cuerpos de agua lo suficientemente conectados, que permitían que las trazas de polen llegaran desde lo alto de la montaña hasta las llanuras de la Amazonia.

La investigadora Carina Hoorn durante su trabajo de campo en la Amazonia peruana.  Cortesía Carina Horn.



La investigación también permitió confirmar que, en la mitad de la Amazonia, en la zona baja del río Apaporis, vivieron manglares y moluscos, propios de ecosistemas salobres, durante decenas de miles de años. En otras palabras, “las incursiones de aguas marinas alcanzaron a llegar hasta donde se encuentra Caquetá en la actualidad”, asegura Bogotá. Pero ¿por qué estudiar un sistema que existió hace millones de años y que ya no existe?

Hoorn, autora principal del artículo, lo explica así: “Este sistema tuvo un papel fundamental para la evolución de organismos. Funcionó como una especie de cuna de especiación en donde se fomentó la diversidad de organismos acuáticos mientras estaba en su fase máxima de extensión, y permitió conectar fauna y flora terrestres, para las que había sido antes barrera, cuando llegaban las sequías”.

González coincide. “La genética de las especies amazónicas, de flora y fauna, tiene impreso su paso por este sistema”, dice. “Que confluya la biota de las tierras altas con los ecosistemas de tierras bajas en la selva y los ecosistemas costeros es un caldo de cultivo para lo que hoy conocemos: la gran riqueza que está presente en la cuenca amazónica”, agrega Bogotá. “La Amazonia que conocemos hoy es el resultado de millones de años de historia”, aseguran.

Los depósitos del humedal amazónico del Mioceno también proporcionaron un sustrato diverso y a menudo rico en nutrientes en la Amazonia. Los bosques que se encuentran allí son más diversos, fértiles y productivos que los que están en otro tipo de suelo.

Entre las últimas semanas de enero y las primeras de febrero, académicos, investigadores y organizaciones ambientales alertaron que los fuegos que consumían nuestra selva amenazaban con romper la conectividad entre dos puntos de biodiversidad vitales: los Andes y la Amazonia. “Las actividades humanas están interrumpiendo ese paso que por millones de años ha estado conectado. Por lo menos desde hace quince millones de años ha habido una conexión activa de ríos, material genético y poblaciones. Y ahora nosotros nos estamos dando el lujo de interrumpir ese puente fundamental”, insiste González.

En palabras de Giovanni Bogotá, fragmentar esas matrices de esos ecosistemas hace que se pierdan las interrelaciones naturales que se han dado a lo largo del tiempo entre esos diferentes ambientes. “Al perderse, es posible que el funcionamiento de esos sistemas también se venga a pique y no podamos llegar a saber en qué magnitud esas pérdidas puedan llevarnos también a nosotros”.

 

Referencias:

Daniela Quintero Díaz. ¿Rastros de páramos en la Amazonia de hace 15 millones de años?. Fuente: El Espectador 05.03.2022. (https://www.elespectador.com/ambiente/blog-el-rio/rastros-de-paramos-en-la-amazonia-de-hace-15-millones-de-anos/?fbclid=IwAR39zA8s_qegsnxr4LiO6nmLK_UNwF4CAvwFPX_Mubf0IUhHI7HlGFi6lyI)  [Última consulta 15.06.2022].

 

Para más información por favor consulte: Hoorn, C., Kukla, T., Bogotá-Angel, G., van Soelen, E., González-Arango, C., Wesselingh, F. P., Vonhof, H., Val, P., Morcote-Rios, G., Roddaz, M., Dantas, E. L., Santos, R. V., Sinninghe Damsté, J. S., Kim, J.-H., & Morley, R. J. (2022). Cyclic sediment deposition by orbital forcing in the Miocene wetland of western Amazonia? New insights from a multidisciplinary approach. Global and Planetary Change, 210, 103717. https://doi.org/https://doi.org/10.1016/j.gloplacha.2021.103717  


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Reciente descubrimiento de un cráneo muy completo del gavial Gryposuchus colombianus en La Tatacoa ⚒

En el desierto de La Tatacoa, Huila, se descubrió el cráneo casi completo y parte del postcráneo de un gavial, un cocodrilo de hocico alarga...