martes, 8 de abril de 2014

Los tesoros ocultos del desierto de La Tatacoa, dos reportajes del 2009



A continuación publicamos dos reportajes realizados en el año 2009 por los periódicos El Espectador y El Colombiano, en los cuales desde distintos puntos de vista y con diferentes protagonistas se nos cuenta una misma historia... 


Este primer artículo publicado por el periódico El Espectador en el año 2009 es una queja de los pobladores de la región ante la desorganización y el abandono en el que se encuentra uno de los yacimientos fosilíferos más importantes de nuestro país y lo más triste aún, la desconfianza que se tiene a las entidades como el Servicio Geológico Colombiano (antiguo Ingeominas). Tuve la suerte de visitar el desierto hace poco más de un año y pude comprobar de primera mano que si bien este artículo fue publicado hace 5 años, bien podría haber sido escrito hoy;
 

Cada habitante tiene un museo en su casa

Un tesoro oculto en La Tatacoa 

En el desierto de Villavieja, Huila, los pobladores optaron por esconder las piezas arqueológicas que encuentran para que no se las lleven los turistas y el Ingeominas. 


Ana Mireya, una encorvada y rucia  mujer, sale de su casa en medio del desierto de La Tatacoa, en Villavieja, apenas cae la madrugada. Una lluvia de estrellas se esconde en el firmamento mientras decenas de cabras comienzan a pastear sobre las áridas y extensas  tierras.

Los brazos de la villaviejuna cargan consigo una bolsa hecha en tela oscura, donde esconde decenas de piezas arqueológicas de gran importancia cultural en la región y que las encontró durante un recorrido familiar.
Al igual que decenas de pobladores y fundadores de La Tatacoa, ella optó desde hace un par de meses por esconder restos fosilíferos que han encontrado en medio de los 330 kilómetros cuadrados de la zona, para que no se los roben.

Los caparazones de tortugas acuáticas, las vertebras, los colmillos de tigre y hasta coprolitos de dinosaurio (heces fosilizadas), hacen parte de las reliquias que Ana Mireya conserva bajo su cama y que saca cada vez que los quiere limpiar o mostrarlos con temor de ser sorprendida.

“Los turistas tratan de despedazar los fósiles que observan y se  los llevan”, explica Aurelina Romero, una habitante de La Tatacoa desde hace 50 años y quien dice conocer un cementerio de tortugas que se mantiene oculto por temor a ser saqueado o explorado por el Ingeominas.

“Vienen a tomar fotos y yo dejo. De Bogotá me llamaron que si los entregaba y les dije que no, que eran del desierto”, insiste Romero, quien aclaró que prefería devolver lo que tenía al sitio de donde lo sacó.  
El Espectador llegó hasta la zona y encontró con orientación de los labriegos, el cementerio secreto de fósiles. El lugar, ubicado en la zona conocida como “Los Hoyos”, en medio del desierto, es hermoso, la tierra es plana y árida. Allí golpea el viento con mayor intensidad.

Sobre el suelo empolvado permanecen enterrados gran cantidad de caparazones de tortuga que apenas asoman parte de su estructura. Calcular la cifra exacta es imposible porque están regados y sembrados en medio de las rocas que, según los historiadores, estuvieron inundadas 12 millones de años atrás.
“Encontramos las paletas y rodillas de Megaterios, que nosotros llamamos Chocozuela, columnas de cocodrilos, dientes de mamíferos y cabezas de armadillo o Rungas”, comenta Ana Mireya, quien recorre desde que tenía tres años el desierto. Hoy pasa los 40.


Por esto, se atreve a decir que en La Victoria, un caserío ubicado a una hora de Villavieja y en un extremo del desierto, se esconden los restos de una tortuga de al menos ocho metros de longitud. El sitio exacto prefiere omitirlo.

“No queremos que el Ingeominas se lleven para el museo en Bogotá los fósiles del desierto”, insiste Orfanda Soto Perdomo, quien habita el caserío desde hace 48 años y los reclama.
“Se llevaron el Megaterios de ocho metros, hace como seis años y aún no han traído”, agrega, al recordarlo como un enorme oso perezoso cuyos restos óseos se encontraron en La Tatacoa. 

La alcaldesa de Villavieja, Tania Beatriz Peñafiel, aseguró que el Ingeominas devolverá los fósiles del animal cuando se construya un museo de mayor tamaño que el existente en el pueblo.

En septiembre de 2008, Norberto Perdomo Perdomo descubrió en la vereda Palmira, en Villavieja, el caparazón de la tortuga más grande del sur colombiano. “El fósil tiene 1, 70 metros de altura y 1, 40 metros de ancho y pesa tonelada y media”, reportó la Policía de Turismo del pueblo.

Los restos del animal siguen en el Ingeominas. La Alcaldesa permitió la evacuación de las piezas para su respectivo estudio, pero se comprometió a devolverlas. Con la misma suerte corre la mandíbula de un Estrapoteiros, un mamífero que habitó en el área hace 1000 años, pesa 900 kilogramos, mide dos metros con 50 centímetros y se alimentaba de hierbas.

Edgar Cortés, Coordinador de áreas protegidas de la Corporación Autónoma del Alto Magdalena, Cam,  dijo que hay que rescatar las riquezas arqueológicas, pero no para que se las lleven para Bogotá. Y propuso la creación de sitio donde se puedan observar todos los hallazgos en Villavieja porque “cada poblador tiene un museo en su casa”.


Referencia Web

Un tesoro oculto en la Tatacoa. Periódico El Espectador. 13 de febrero de 2009  (http://www.elespectador.com/impreso/nacional/articuloimpreso117918-un-tesoro-oculto-tatacoa)  [Última consulta 08.04.2014]
 
Aclaración: 

Como ya saben es política de este Blog transcribir los artículos tal y como han sido publicados como una forma de respetar la publicación original, pero como en casos anteriores la nota tiene algunos errores que se hubieran subsanado con un poco de investigación por parte de la redacción del periódico ya que se habla de “hallazgos de colmillos de tigre, coprolitos de dinosaurio, y una mandíbula de Estrapoterios, un mamífero que habito el área hace 1.000 años”.

Primero que todo cabe aclarar –salvo error por desconocimiento de mi parte y si es así por favor corríjanme-  que la zona mayoritariamente corresponde a hallazgos del Mioceno medio (15 millones de años) época en la que los felinos aun no habían llegado a Sur América y no lo harían hasta después del Gran Intercambio Biótico Americano del Plioceno (3 millones de años aprox.), aunque cabe aclarar que en la zona se han hallado restos de mastodontes, megaterios y camélidos, animales que emigraron en este intercambio faunístico pero hasta donde tengo entendido no se han descrito dientes de tigres en la zona,  tal vez se trate del colmillo de un Astrapotherium muy común en la zona y nombre correcto para la mandíbula que el artículo denomina Estrapoterios y donde de nuevo vuelven a equivocarse al decir que la especie vivió en la zona hace 1.000 años, ya que la especie parece haberse extinguido en el Mioceno. 

Tampoco existe evidencia de hallazgos de dinosaurios en el desierto de La Tatacoa, por lo que asegurar que se han hallado restos de coprolitos de estos animales me parece muy arriesgado y lo que se consigue es crear confusión en los lectores. 

Con esta aclaración no pretendo criticar la nota, solamente aclarar algunos puntos que en mi humilde consideración son erróneos y se prestan a malas interpretaciones.


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En este segundo reportaje del Periódico El Colombiano, el protagonista del reportaje expresa su desconfianza a entregar piezas a entidades estatales ya que espera que se le “recompense” de alguna forma por donar las piezas; estoy totalmente de acuerdo en que los habitantes de la región se beneficien de alguna forma de la explotación turística del desierto, pero honestamente no creo que la solución pase por pagar por la adquisición de fósiles.
Creo que los recursos generados por la explotación turística del desierto de La Tatacoa deben invertirse de nuevo en la zona para el bienestar común tanto de los pobladores de la región como de los visitantes (mejora en carreteras, senderos, zonas de servicio, etc…) 

El Cazador de fósiles

Un sector del desierto de La Tatacoa, Huila es uno de los mayores yacimientos fosilíferos de Latinoamérica

Regreso al pasado.

Efraín Perdomo muestra el fragmento de mandíbula con dientes de un enorme animal que vivió allí.


Cuando llueve a cántaros, la Tatacoa deja de ser desierto y se convierte en pasado, en selva tropical, rugido de enormes animales y tierras enlagunadas bañadas por numerosos ríos.
Los días en los que la Cordillera Central apenas se alzaba y los mares se alejaban con la vida que alcanzaba la retirada, emergen como sombras de tiempos pretéritos.

El invierno del año pasado y comienzos de éste lavó el terreno, como sucedió tantas veces desde antes y después de que los japoneses llegaran, silenciosos al promediar el siglo pasado, a estudiar y llevarse ejemplares de enormes animales prehistóricos a los que la muerte sorprendió en lo que luego fuera el valle de las Tristezas, como lo llamara Gonzalo Jiménez de quesada en 1.538

Efraín Perdomo poco conoce del tema. En los terrenos que compró su padre por 20.000 pesos años ha, encontraron hace un año los restos de una enorme tortuga, bien preservada, junto a la mandíbula de otro animal.
Tras forcejeos el Ingeominas se los llevó para su estudio. De su predio no quería dejarlos retirar.
Detectar la finca de Efraín no es difícil si se busca el oasis más verde del desierto, logrado con una pequeña represa que concede riego a los árboles y matas florecidas.

Pero alcanzar el lugar no es asunto sencillo. El carreteable de 600 metros que lleva a la propiedad es una insinuación cerca a una pequeña planicie de tierra roja que no se diferencia del resto de La Tatacoa.

Con Chari Brigit, su hija de cinco años, que el año entrante irá para la escuela aprovechando el transporte que recoge los escolares de un sector en donde vive, como un fósil más. Lo que fuera una pequeña escuela que los escasos pobladores no logran llenar hoy, Efraín recorre el trayecto hasta el punto donde la tortuga encontró su destino final.

Son unos 300 metros, cuyo recorrido se alarga por la serie de pequeñas hondonadas que hay que bajar y subir, en un terreno repleto de piedras de diferentes tamaños.
En una de esas concavidades un chorro lavó la tierra que tenía encima el animal acuático.
De regreso, Efraín muestra acá y allá pedazos de fósiles. Se detiene en un punto y escarba. Aparecen más.
-Para que destaparlo, si a uno no le dan nada. Si me dieran para arreglar la casita que está que se cae.
Chari recoge un fragmento que parece una roca, para “que mi mamá machaque el banano”, pero la deja a la orden de su padre.

-Mi hijo se encontró una mandíbula con unas muelototas. Ya ni sé dónde anda, comenta y recuerda que en otro sitio, al otro lado de la carretera que se pierde hacia el centro poblado mayor de Doche, halló una tortuga más pequeña pero muy completa. La tapó y marcó el punto.
En el rancho se siente el frescor de la brisa y las plantas reverdecidas. A un lado está el área habitable, en una construcción de tierra, alta, que deja ver el desmoronamiento que el tiempo regaló con generosidad. En un extremo está la cocina.

Se une con el lavadero y la mesa para comer, hecha con tablones sin pulir, por una ramada que evita que el sol de 32 grados haga estragos.
A ocho metros el corral para los chivos. Son su subsistencia con unas pocas reses.
-Se nos robaron cuatro en estos días, comenta y agrega que pese a la resequedad el ganado no es que no es parido si engorda.

Sandra Milena, su esposa, apura unos tintos. Efraín entra a la habitación y regresa con un fragmento de fósil. Pesa como una gran piedra. Se distinguen varios dientes enormes de lo que fuera parte de la mandíbula de un gran animal.

-Pienso pintarlo bien para que se preserve, explica. Durante años estuvo tirado a un lado de la casa.
Chari se mece en la hamaca con un chivo pequeño que se deja hacer de todo, como disfrutando las caricias de la niña.

La vida en la Tatacoa no es fácil, pero en los recorridos para buscar el ganado, queda tiempo para mirar los fantasmas de ese pasado que el agua destapa.

-El mayor, vamos a ver como hago el esfuerzo para que entre a la universidad, me dice que en internet ha visto la tortuga y que está muy linda.

Aunque la Universidad Nacional tiene en mente un gran museo para el desierto, en la zona donde han aparecido tantos animales que engalanan colecciones de todo tipo,  la alcaldesa de Villavieja, Tania Beatriz Peñafiel, sostiene que como municipio categoría 6 no tiene para contribuir con los 800 millones que cuesta. 

Efraín espera que los fósiles le ayuden a  mejorar su casa. Es lo que pide. Por ahora seguirá recorriendo la región en la que siempre ha vivido, acompañado de fantasmas que quieren volver a cobrar vida.


Referencia Web
Ramiro Velásquez Gómez. El cazador de fósiles. Un sector del desierto de la Tatacoa,  Huila es uno de los mayores yacimientos fosilíferos de latinoamérica . Periódico El Colombiano. 28 de julio de 2009  (http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/E/el_cazador_de_fosiles/el_cazador_de_fosiles.asp)  [Última consulta 18.05.2014]

Comentario final
La inversión social, la educación en estas áreas y la correcta aplicación de la ley es la que debe garantizar un patrimonio que al fin y al cabo es de todos los colombianos.
Recordemos que el patrimonio arqueológico y paleontológico del país está protegido por la Constitución Política de Colombia y la Ley 1185 de 2008 la cual conserva e integra el patrimonio cultural de la Nación.


Todas las imágenes y fotografías aquí publicadas son propiedad de sus respectivos autores.




 




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